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Entre cepillos y resistencia: boleros de Misantla sobreviven a la baja de clientes y al abandono

Además de la crisis económica, denuncian un foco de infección cercano y la ausencia de apoyos institucionales recientes.
Misantla, Ver., a 3 de febrero de 2026.- Los boleros del parque José María Morelos y Pavón, en Misantla, atraviesan una etapa complicada: menos trabajo, ganancias que apenas alcanzan para lo básico y problemas sanitarios que afectan su espacio laboral. A pesar de ello, continúan madrugando para limpiar su área y preservar un oficio que forma parte de la identidad cotidiana del municipio.

Un oficio que resiste, aunque con menos manos

En el corazón de Misantla, donde el tránsito diario dibuja la vida comercial y social del municipio, el sonido del cepillo sobre el calzado aún se escucha. Sin embargo, detrás de esa escena tradicional, los boleros —también conocidos como betuneros— viven una realidad cada vez más difícil.

Actualmente existen 36 sillas destinadas al servicio de boleado en el parque central José María Morelos y Pavón, pero solo alrededor de la mitad se ocupa de forma constante. En promedio, cada día se instalan unos 14 trabajadores, aunque hay jornadas en las que apenas acuden siete u ocho.

La cifra no solo refleja menos presencia en el espacio público, sino una reducción directa en los ingresos de quienes dependen totalmente de esta actividad para sostener a sus familias.

Ingresos bajos y jornadas que no se acortan

El costo de una boleada ronda los 30 pesos, pero la demanda ha disminuido notablemente. En un día considerado “bueno”, un bolero puede atender a cinco clientes; en temporadas flojas, apenas logra tres servicios.

Eso significa que, tras varias horas de espera, algunos apenas obtienen lo suficiente para cubrir gastos básicos. Aun así, no se retiran. Muchos comienzan su jornada desde las 6 de la mañana y permanecen en el lugar hasta las 6 o 7 de la tarde, dependiendo del movimiento en el centro.

Su día no solo implica trabajar: antes de iniciar, también dedican tiempo a limpiar el área donde se ubican, pues consideran que la imagen del espacio influye en que un cliente decida sentarse o seguir de largo.

Limpieza a su cargo, pero sin agua suficiente

Los boleros señalan que ellos mismos se encargan de mantener en condiciones su zona de trabajo, pero enfrentan una limitante constante: la falta de agua suficiente para realizar la limpieza adecuada.

Cuando el servicio no está disponible de manera regular, las labores se dificultan, lo que repercute en la higiene del lugar. A pesar de su esfuerzo por conservar el orden, consideran que hace falta mayor atención de las autoridades municipales en servicios básicos e infraestructura para su área laboral.

Un problema sanitario que afecta su entorno

A las dificultades económicas se suma una preocupación de salud. Los trabajadores denuncian la presencia de un presunto foco de infección en las inmediaciones de su zona de trabajo. Señalan que cerca del área una heladería, al no contar con drenaje independiente, desecha residuos de leche en una alcantarilla destinada al agua pluvial.

Esta situación, aseguran, genera malos olores y condiciones poco higiénicas, afectando tanto a quienes laboran ahí como a los clientes que transitan por el parque. Para quienes pasan todo el día en el lugar, el problema no es menor: impacta en su salud y también en la imagen del espacio público.

Apoyos que se volvieron esporádicos

Los boleros recuerdan que en administraciones anteriores solían recibir despensas o algún tipo de apoyo cada dos meses. Actualmente, dicen, esos beneficios ni se han vuelto esporádicos o inexistentes.

También señalan que no ha habido un acercamiento reciente de autoridades para conocer de primera mano sus necesidades o plantear alternativas de respaldo. La falta de diálogo, consideran, los deja en una situación de abandono, pese a que su labor forma parte del comercio tradicional y del rostro histórico del centro de Misantla.

Más que bolear zapatos: preservar identidad

Para muchos de ellos, ser bolero no es solo un trabajo, sino un oficio aprendido desde jóvenes y transmitido de generación en generación. Sus sillas no solo ofrecen brillo al calzado, sino que representan una postal viva de la economía popular y de la identidad urbana del municipio.

Hoy, entre ventas bajas, problemas sanitarios y escaso apoyo institucional, estos trabajadores continúan firmes, esperando clientes y tiempos mejores.

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