El Orinoco vuelve a desbordarse: comunidades sumergidas en el abandono y el miedo
Venezuela, a 22 de julio de 2025.- El rÃo Orinoco, alma y arteria del sur venezolano, ha vuelto a salirse de su cauce. Las lluvias de la madrugada del lunes elevaron su nivel a 53,21 metros sobre el nivel del mar, superando por más de un metro la lÃnea crÃtica de desborde. En la ciudad de Puerto Ayacucho, y en varias comunidades aledañas, las aguas no solo han invadido hogares, sino que también han reavivado el fantasma de la gran inundación de 2018.
En sectores como Miranda, Bermúdez y las cercanÃas del muelle, el agua se ha convertido en parte del paisaje. Fluye por las calles, rodea las casas, entra a las cocinas y se queda estancada en los baños. En la capilla Nuestra Señora de Coromoto, convertida en refugio desde el 25 de junio, 14 familias sobreviven como pueden, atrapadas en un espacio que, paradójicamente, también está inundado.
“Los baños están llenos de agua, las pocetas no bajan, y ya no aguantamos más. Vivimos rodeados de humedad y desesperanza”, cuenta Carmen Perdomo, vecina del barrio Miranda, con una mezcla de resignación y súplica en la voz.
Los riesgos sanitarios se multiplican: niños pequeños, adultos mayores y personas con discapacidad son los más afectados por el ambiente insalubre. El olor a cloaca es constante y la falta de agua potable convierte cada dÃa en una amenaza para la salud.
“Ya el olor nos pone mal. Para mÃ, lo más urgente es tener agua limpia y un baño donde podamos al menos asearnos”, añade otra de las vecinas refugiadas.
Los habitantes temen que el Orinoco alcance —o incluso supere— los 54,28 metros registrados en 2018, una cifra que marcó uno de los episodios más duros en la historia reciente del estado Amazonas. A menos de un metro de alcanzar ese nivel, el temor es real y creciente.
La infraestructura también está bajo amenaza. La planta eléctrica de Atabapo, clave para el suministro en la zona, podrÃa quedar inoperativa si las aguas continúan subiendo, como ya ocurrió durante la emergencia de hace siete años.
La empresa estatal Transautana anunció la suspensión de rutas terrestres y fluviales hacia San Mariapo, Morganito, Autana y Tabapo, dejando a estas localidades sin acceso a insumos, atención médica o alimentos. El puerto y los caminos han desaparecido bajo el agua.
“Si sube un poco más, el agua entrará donde estamos refugiados. Necesitamos que alguien nos ayude a salir, que nos lleven a otro lugar donde no corramos tanto peligro”, suplica nuevamente Perdomo.
Pese a la magnitud del desastre, no hay un plan de evacuación oficial. El gobernador del estado, Miguel RodrÃguez, reconoció hace unos dÃas que hay al menos 1.500 personas damnificadas, pertenecientes a más de 250 familias, pero hasta ahora las soluciones no han llegado más allá de la declaración.
No hay albergues dignos, no hay insumos médicos suficientes, no hay respuesta concreta. Y en medio de todo, la gente espera, mira al rÃo crecer y teme por lo que aún pueda venir.
Mientras los medios nacionales miran hacia otro lado, Amazonas se hunde en una emergencia que no es solo natural, sino profundamente social. Las lluvias pueden ser inevitables, pero el abandono no.
La historia parece repetirse, y esta vez, el rÃo no es el único que está desbordado. También lo están la paciencia, la dignidad y la esperanza de quienes viven al borde de sus aguas.
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