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Del lirio acuático al biofertilizante: una apuesta para recuperar los suelos de Guerrero

El investigador Jorge Alberto Ramírez Leyva advierte que los subsidios a fertilizantes químicos han contribuido a degradar tierras que antes eran fértiles
Guerrero, a 4 de octubre de 2026.- Lo que para una laguna representa una plaga podría convertirse para el campo en una oportunidad de recuperación. En Tixtla, el ingeniero Jorge Alberto Ramírez Leyva desarrolla un proyecto científico que busca transformar el lirio acuático y residuos orgánicos en un biofertilizante capaz de devolver nutrientes y humedad a suelos degradados.

El investigador sostiene que uno de los factores que ha contribuido al deterioro de los suelos en distintas zonas de Guerrero son los programas gubernamentales que subsidian la adquisición de fertilizantes químicos. Con el paso del tiempo, advierte, algunas tierras han llegado a depender de estos productos para mantener su productividad.

Suelos que perdieron su capacidad productiva

El caso de Atliaca, municipio de Tixtla, es uno de los ejemplos que Ramírez Leyva utiliza para dimensionar el problema. Señala que existen terrenos erosionados, deslavados y con una capacidad cada vez menor para retener humedad, pese a que hace apenas unas tres décadas eran considerados suelos fértiles.

Frente a este escenario, su propuesta busca sustituir gradualmente los productos químicos por un fertilizante orgánico elaborado mediante un proceso que, aunque está al alcance de los campesinos, requiere capacitación y acompañamiento técnico.

La apuesta no consiste únicamente en cambiar un producto por otro, sino en recuperar progresivamente la estructura del suelo y su capacidad para retener agua y aprovechar nutrientes.

Una plaga convertida en materia prima

El proyecto desarrollado en Tixtla intenta resolver, además, un problema ambiental de la propia comunidad: la proliferación del lirio acuático en la laguna, planta que, de acuerdo con el investigador, podría contribuir al taponamiento de los resumideros.

La alternativa comienza con el retiro del lirio de la laguna. Posteriormente, la planta se lleva a sitios de compostaje donde se mezcla con estiércol de res, borrego, chivo o aves. La proporción de cada material depende del tipo de excremento utilizado.

La composta recibe levadura para favorecer su fermentación y generar hongos. Una vez preparada, se convierte en alimento para las lombrices rojas californianas, que son colocadas en camas cultivadoras construidas de manera sencilla, con una plancha de cemento y dos hileras de tabicón que forman una especie de pileta.

Es ahí donde comienza una transformación que convierte residuos en nutrientes.

La lombriz como fábrica natural de nutrientes

Ramírez Leyva explica que la lombriz roja californiana se reproduce rápidamente y consume diariamente una cantidad de alimento equivalente aproximadamente a su propio peso. Cerca del 70 por ciento de ese alimento es excretado y se transforma en un material rico en nitrógeno, fósforo, potasio, calcio y magnesio.

El resultado es un biofertilizante que, según el investigador, tiene una diferencia fundamental frente al químico: el tiempo en que muestra sus efectos.

Mientras el fertilizante químico puede generar resultados visibles alrededor de tres días después de su aplicación, el biofertilizante requiere aproximadamente 21 días para mostrar su respuesta.

La diferencia, sin embargo, no representa necesariamente una desventaja, sostiene el especialista, porque el abono de lombriz puede incorporarse al suelo antes de la siembra y contribuir paulatinamente a su recuperación.

Recuperar la tierra, no solamente alimentar la planta

La recomendación general del investigador es aplicar alrededor de 400 kilos de fertilizante de lombriz por hectárea antes de sembrar. En terrenos particularmente deteriorados, como los que identifica en Atliaca, la cantidad podría llegar hasta mil kilos por hectárea para iniciar el proceso de restauración.

Una de las ventajas que atribuye al biofertilizante es que, a diferencia del químico, una aplicación excesiva no quemaría las plantas.

Pero su principal aportación, explica, estaría en el propio suelo: modifica su estructura, favorece una mayor retención de agua y permite una liberación gradual de nutrientes.

Así, el objetivo no es únicamente conseguir una cosecha, sino comenzar a recuperar terrenos cuya productividad se ha ido perdiendo con el tiempo.

El conocimiento también forma parte del fertilizante

El proyecto enfrenta, sin embargo, un reto que no puede resolverse únicamente con materia orgánica: capacitar a los campesinos.

Ramírez Leyva insiste en que la elaboración de la composta debe realizarse con técnicas adecuadas y que el manejo de las lombrices requiere conocimientos específicos. Son organismos domesticados que dependen completamente de las condiciones que les proporcione quien los cultiva.

Si dejan de recibir alimento, mueren; si permanecen expuestas al sol, también pueden morir. Por ello, el proceso demanda cuidados constantes y una supervisión que permita mantener las condiciones necesarias para que las lombrices transformen los residuos en nutrientes.

La tecnología, en este caso, no aparece como una maquinaria sofisticada, sino como conocimiento aplicado a un proceso biológico que puede ser reproducido por los propios productores.

De la investigación a las parcelas demostrativas

Jorge Alberto Ramírez Leyva es ingeniero egresado de la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro, de Saltillo, Coahuila. Originario de Tecoanapa, Guerrero, radica desde hace aproximadamente 20 años en Tixtla.

Su trabajo con el lirio acuático comenzó como un proyecto de investigación dentro del sistema DGTA, donde se ha desempeñado como investigador y directivo.

En el plantel del CBTA de Tecoanapa desarrolló inicialmente un proyecto en el que trasladaron lirio acuático desde Tixtla para elaborar composta. Ahora, el propósito es llevar esa investigación al terreno productivo.

El siguiente paso será establecer en los próximos meses parcelas demostrativas, donde se utilice el biofertilizante y se evalúe la posibilidad de obtener productos completamente orgánicos.

Una segunda oportunidad para el suelo

La experiencia de Tixtla plantea una lectura distinta sobre dos problemas que suelen abordarse por separado: una planta considerada plaga y unos suelos cada vez más deteriorados.

El lirio que amenaza con obstruir los resumideros puede convertirse en materia prima; el estiércol que normalmente se considera residuo puede alimentar un proceso productivo, y las lombrices pueden transformar ambos elementos en una fuente de nutrientes.

El desafío será demostrar que esta alternativa puede trascender la etapa experimental y convertirse en una herramienta accesible para los campesinos. Para Ramírez Leyva, recuperar el suelo implica también recuperar la autonomía del productor frente a una agricultura cada vez más dependiente de insumos químicos.

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