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De las pantallas a la cancha: el deporte busca devolver la convivencia a los “niños de la pandemia”

Gumer Andree Juárez Vega utiliza juegos, ejercicio y participación familiar para fortalecer confianza, hábitos saludables y trabajo en equipo
Por Arquímedes González
Misantla, Ver., a 31 de julio de 2026.- A más de seis años del inicio de la pandemia de Covid-19, las consecuencias de aquel periodo todavía pueden observarse en algunos niños que crecieron alejados de las aulas, los parques, las unidades deportivas y, sobre todo, de la convivencia cotidiana con otros menores.

Frente a esta realidad, el profesor de Educación Física Gumer Andree Juárez Vega mantiene desde hace siete años un proyecto en la Unidad Deportiva de Misantla que utiliza el deporte como una herramienta para recuperar la convivencia, estimular la confianza y promover hábitos saludables entre niñas y niños.

El proyecto nació antes de la emergencia sanitaria para atender a menores con poca actividad física, pero el confinamiento transformó las necesidades de los participantes y obligó a replantear el objetivo: no solo promover el ejercicio, sino ayudar a reconstruir vínculos que quedaron interrumpidos durante una etapa fundamental de la infancia.

Una generación que aprendió a convivir frente a una pantalla

Durante el confinamiento, teléfonos celulares, videojuegos y computadoras ocuparon buena parte del tiempo libre de los menores. Las actividades colectivas, los juegos en parques y la interacción presencial quedaron limitados durante largos periodos.

El regreso a las actividades habituales tampoco significó que todos los niños recuperaran de inmediato la facilidad para relacionarse. Algunos volvieron a las aulas con temor, inseguridad para integrarse en grupos o hábitos profundamente sedentarios.

“Mi enfoque fue precisamente enfocarme más que nada en niños que tenían cierto temor a socializarse”, explicó el docente.

Desde entonces, el trabajo ha buscado que los menores vuelvan a experimentar de manera gradual situaciones tan sencillas como compartir una cancha, respetar turnos, seguir reglas, trabajar en equipo o hacer nuevos amigos.

Reintegrarse sin presión

La estrategia comenzó con grupos muy pequeños. Primero fueron tres participantes, después cuatro y cinco, hasta alcanzar actualmente alrededor de 20 niñas y niños.

La incorporación se realiza de manera progresiva, procurando que cada menor encuentre un ambiente seguro y que su integración no se convierta en una experiencia de presión.

En el proyecto participan niños de diferentes edades, desde aproximadamente los cinco años. Esta convivencia entre menores de distintas edades también forma parte del aprendizaje.

Los pequeños observan y reproducen comportamientos de sus compañeros mayores, mientras que estos últimos desarrollan habilidades de liderazgo, responsabilidad y cuidado hacia quienes tienen menos edad.

Así, la cancha deja de ser únicamente un lugar para correr y jugar. Se convierte también en un espacio donde los menores aprenden códigos básicos de convivencia que durante la pandemia tuvieron menos oportunidades de practicar.

El ejercicio como herramienta emocional y social

Para Juárez Vega, el deporte no puede reducirse a mejorar la condición física. En el caso de los llamados “niños de la pandemia”, representa también una vía para recuperar experiencias sociales.

Los juegos, dinámicas y ejercicios con balón permiten que los participantes tengan que comunicarse, tomar decisiones, aceptar reglas, colaborar y resolver pequeñas diferencias con otros niños.

La actividad física se convierte de esta manera en un puente entre el movimiento y la socialización.

En lugar de intentar que los menores abandonen de golpe sus hábitos adquiridos durante el confinamiento, el proyecto busca ofrecerles experiencias presenciales que compitan de manera positiva con el tiempo dedicado a las pantallas.

Padres y madres también entran a la cancha

El acompañamiento familiar constituye otro de los pilares de esta iniciativa.

Durante algunas sesiones, padres, madres o familiares participan directamente en los ejercicios y juegos junto con los menores. Al terminar, comparten las experiencias de la jornada y reciben elementos que pueden trasladar a la vida cotidiana.

La intención es que la actividad física no termine al abandonar la Unidad Deportiva.

Caminar, correr, jugar con una pelota o simplemente realizar alguna actividad juntos son alternativas que pueden fortalecer el vínculo familiar y, al mismo tiempo, reducir el tiempo que los niños pasan exclusivamente frente a un teléfono o una consola.

El mensaje del proyecto no es eliminar la tecnología, sino encontrar un equilibrio entre el mundo digital y aquellas experiencias que requieren movimiento y contacto humano.

Los cinco años, una etapa para comenzar

El profesor considera que alrededor de los cinco años puede comenzar la incorporación de los menores a este tipo de actividades, siempre de acuerdo con sus características y etapa de desarrollo.

La interacción con niños de otras edades permite que los más pequeños aprendan observando, mientras que los mayores fortalecen habilidades relacionadas con el liderazgo y la responsabilidad.

La intención es construir un espacio incluyente en el que cada participante pueda avanzar a su propio ritmo, pero teniendo siempre como referencia la convivencia con los demás.

La Unidad Deportiva frente al aislamiento

Para Gumer Andree Juárez Vega, Misantla cuenta con espacios que pueden ser aprovechados para enfrentar los efectos que todavía dejó el aislamiento.

Su llamado a los padres de familia consiste en buscar alternativas para que niñas, niños y jóvenes vuelvan a ocupar canchas, parques y áreas deportivas.

La meta no es competir contra la tecnología, sino recuperar la proporción: que una pantalla no sustituya completamente una carrera, un juego en equipo o una conversación cara a cara.

La Unidad Deportiva, desde esta perspectiva, se convierte en un escenario de encuentro donde la actividad física puede funcionar como herramienta preventiva, recreativa y social.

Los efectos de la pandemia no terminaron con el confinamiento

Aunque las restricciones sanitarias quedaron atrás, el docente considera que algunas consecuencias sociales de aquella etapa permanecen en la infancia.

Los llamados “niños de la pandemia” continúan creciendo y, en determinados casos, requieren acompañamiento adicional para recuperar hábitos, confianza y habilidades de interacción.

El reto involucra a padres de familia, maestros, entrenadores y a la propia comunidad. Todos tienen un papel en la creación de espacios donde los menores puedan sentirse seguros para relacionarse nuevamente.

El proyecto de Juárez Vega parte de una idea sencilla, pero de amplio alcance: que correr, jugar y convivir también forman parte de la recuperación.

“Yo digo que la mejor medicina es el deporte”, sostiene el profesor.

En una generación que pasó una parte crucial de su infancia detrás de una pantalla, la cancha aparece como algo más que un escenario deportivo: es un lugar para volver a encontrarse con los demás.

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