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7 de junio: cuando se felicita al periodista, pero se castiga al periodismo

México,
a 7 de junio de 2026.- Cada año, el 7 de junio aparecen los mensajes oficiales, las felicitaciones institucionales y los discursos que ensalzan la libertad de expresión, funcionarios, políticos y gobernantes se apresuran a reconocer la labor de los periodistas, recordando que esta fecha fue instaurada en 1951 durante el gobierno de Miguel Alemán Valdés para destacar la importancia de una prensa libre e independiente en la vida democrática del país.

Sin embargo, la realidad suele ser mucho menos cómoda que los discursos.

Porque una cosa es felicitar a los periodistas y otra muy distinta es respetar al periodismo.

México ha aprendido a convivir con una contradicción que resulta alarmante: se habla de libertad de expresión mientras se desacredita a quien cuestiona; se presume apertura democrática mientras se bloquea el acceso a la información; se reconocen los derechos de la prensa mientras persisten amenazas, agresiones y presiones económicas contra quienes investigan asuntos incómodos.

La libertad de expresión se ha convertido, en muchos casos, en un concepto que se defiende cuando conviene y se ataca cuando incomoda.

No son pocos los funcionarios que sonríen para la fotografía con los medios de comunicación, pero se molestan cuando una cámara documenta una obra inconclusa, una promesa incumplida o una decisión cuestionable. Les gusta la prensa cuando aplaude, pero la rechazan cuando pregunta.

Y es precisamente ahí donde comienza el verdadero problema.

En México, el periodismo enfrenta peligros que van más allá de la violencia criminal. Existe una amenaza silenciosa que pocas veces se menciona en los discursos oficiales: la presión económica. Muchos medios de comunicación sobreviven en condiciones precarias, especialmente en municipios pequeños donde la publicidad gubernamental representa una de las principales fuentes de ingresos.

Cuando un gobierno decide premiar a los medios complacientes y castigar a los críticos retirándoles publicidad, no necesita censurar directamente. La asfixia económica termina haciendo el trabajo.

Es una forma moderna de control. Más discreta, menos escandalosa, pero igual de efectiva.

A ello se suma otro fenómeno preocupante: la normalización de los ataques contra periodistas desde espacios de poder. Se les desacredita, se cuestiona su trabajo, se les etiqueta, se les exhibe públicamente y se busca sembrar dudas sobre su credibilidad. El objetivo es evidente: que la ciudadanía deje de confiar en quien investiga y comience a confiar únicamente en la versión oficial.

Pero una sociedad que deja de confiar en el periodismo independiente corre un riesgo enorme: quedarse sin contrapesos.

Porque el trabajo del periodista no es agradar a los gobernantes ni convertirse en promotor de administraciones públicas. Su función es observar, documentar, cuestionar y señalar aquello que otros prefieren ocultar.

El problema es que en muchos espacios se ha confundido la crítica con la traición y la investigación con la confrontación.

Hoy las redes sociales han multiplicado las voces, pero también han multiplicado la desinformación. Cualquiera puede difundir una versión de los hechos, pero no cualquiera está dispuesto a asumir la responsabilidad de verificarla. En medio de ese ruido digital, el periodismo profesional sigue siendo una herramienta indispensable para distinguir los hechos de la propaganda y la realidad de la manipulación.

Por eso resulta insuficiente celebrar el Día del Periodista con reconocimientos y mensajes protocolarios.

El verdadero homenaje sería garantizar condiciones dignas para ejercer la profesión. Sería investigar las agresiones contra comunicadores hasta sus últimas consecuencias. Sería transparentar el gasto en publicidad oficial. Sería entender que un periodista incómodo no es un enemigo del gobierno, sino una señal de que la democracia aún respira.

Porque la historia demuestra que cuando el poder deja de tolerar preguntas, la libertad comienza a retroceder.

Y porque un país no puede presumir libertad de expresión mientras existan periodistas que callan por miedo, medios que sobreviven bajo presión y ciudadanos que reciben información filtrada por intereses políticos o económicos.

Este 7 de junio vale la pena recordar una verdad que sigue incomodando a muchos: la libertad de expresión no se pone a prueba cuando todos están de acuerdo. Se pone a prueba cuando alguien se atreve a decir lo que el poder no quiere escuchar.

Ahí es donde se conoce el verdadero compromiso con la democracia.

Y ahí, precisamente ahí, es donde México sigue teniendo una deuda pendiente.

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