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domingo, 22 de agosto de 2021

“Señor ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”

LECTURA ORANTE DEL EVANGELIO
“LECTIO DIVINA”
LECTIO ¿QUÉ DICE EL SEÑOR?
Texto: Jn 6, 55. 60-69
Teziutlan, a 22 de agosto del 2021.- En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. Al oír sus palabras, muchos discípulos de Jesús dijeron: “Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso?”
Dándose cuenta Jesús de que sus discípulos murmuraban, les dijo: “¿Esto los escandaliza? ¿Qué sería si vieran al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es quien da la vida; la carne para nada aprovecha. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida, y a pesar de esto, algunos de ustedes no creen”. (En efecto, Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo habría de traicionar). Después añadió: “Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”.
Desde entonces, muchos de sus discípulos se echaron para atrás y ya no querían andar con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: “¿También ustedes quieren dejarme?” Simón Pedro le respondió: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”.

Notas para entender mejor lo que dice el texto:
1. Carne y sangre es la vida entera de Jesús. Es lo que necesitamos para vivir: a Jesús.
2. Los discípulos murmuraban, se han dejado contaminar de la incredulidad de los judíos.
3. Los discípulos se escandalizan de la encarnación y de que Jesús sea pan de vida.
4. Los discípulos necesitan el Espíritu, que da vida, para creer en la revelación de Jesús.
5. Jesús reafirma que nadie puede venir a él si no se lo concede el Padre.
6. Algunos dejaron a Jesús y él pregunta a los Doce si también ellos quieren dejarlo.
7. Pedro responde diciendo: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”.

MEDITATIO ¿QUÉ NOS DICE EL SEÑOR?

Terminamos en este día el discurso sobre el Pan de Vida. Como podemos darnos cuenta, Jesús dice a los judíos: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida”. Estas palabras ya las hemos reflexionado el pasado domingo, sobre todo, teniendo en cuenta la reacción de los judíos, que primero murmuraban y luego hasta discutían entre ellos. Sin embargo, ahora la atención se desvía a los discípulos, los cuales: “Al oír sus palabras… dijeron: Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso?”. De manera que no sólo los judíos, sino también algunos discípulos han rechazado la revelación de Jesús como Pan de Vida y se han escandalizado con sus palabras. Los discípulos se han dejado contaminar por la murmuración y las discusiones de los judíos. Por esto: “Dándose cuenta Jesús de que sus discípulos murmuraban, les dijo: “¿Esto los escandaliza? ¿Qué sería si vieran al hijo del hombre subir a dónde estaba antes?” Estas palabras indican que sin la fe no se puede creer en el Pan bajado del cielo, es decir en el Hijo de Dios encarnado, pero tampoco en el resucitado que volverá: “a dónde estaba antes”.

La encarnación y la resurrección son los momentos más importantes del paso del Hijo de Dios por nuestra tierra; la presencia de Jesús en la Eucaristía es como su prolongación en el tiempo de la Iglesia. Teniendo en cuenta lo anterior, podríamos decir que actualmente los creyentes encuentran en la encarnación, en la resurrección y en la presencia eucarística el centro de su fe para creer en Dios y madurar en la fe o la piedra de escándalo que los lleva a murmurar de la fe y los lleva también a la incredulidad. El no aceptar la encarnación, la resurrección y la presencia de Jesús en la Eucaristía, y en la Iglesia, lleva a muchos a abandonar la fe. Los judíos no aceptaron la encarnación y la resurrección. A lo largo de la historia han sido muchos los que no han aceptado la presencia de Jesús en la Eucaristía.

Después de esto Jesús explica el motivo por el que los discípulos no creen. Lo hace con estas palabras: “El Espíritu es quién da vida; la carne para nada aprovecha”. Es el misterio de la aceptación o del rechazo de Dios, es el misterio de la fe o de la incredulidad. La fe es un don de Dios y ni siquiera el inicio de la fe lo podemos hacer por nosotros mismos. Dios ayuda con su gracia para que el hombre llegue a la fe. “El Espíritu es quien da vida”, es lo mismo que decir: El espíritu es quien da la fe. Por el contrario, cuando Jesús dice que la carne para nada aprovecha, se trata de aquellos que no creen porque se encierran en el horizonte estrecho de su conocimiento humano. En este sentido la carne, por sí sola: “para nada aprovecha”.

Pero, por otro lado, también está el caso de aquellos que, a presar de la acción del Espíritu, se resisten a creer. Que mal estaría que Dios a unos ayudara para que lleguen a creer y a otros dejara de ayudar para que no lleguen a la fe. Las cosas no son así. Dios ayuda con su Espíritu para que todos lleguen a la fe, pero la fe o la respuesta a Dios está condicionada por muchas circunstancias históricas, culturales o simplemente porque Dios respeta la libertad del hombre. Jesús lo explica así: “Las palabras que les he dicho son espíritu y son vida, y a pesar de esto, algunos de ustedes no creen”. Jesús constata el misterio de la incredulidad, y no sólo eso, el evangelio dice que: “Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo habría de traicionar”. Estas palabras confirman que muchos pueden seguir a Jesús, pero no todos los que dicen seguir a Jesús creen en él. Esto pasó con los discípulos de Jesús de la primera hora y esto pasa con nosotros los discípulos de hoy. Tenemos que definirnos ante Jesús. Realmente creemos en él o lo seguimos por otros intereses.

Nuevamente Jesús explica este misterio acudiendo a la atracción del Padre: “Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”. Esta dificultad tuvo como desenlace que: “Muchos de sus discípulos se echaron para atrás y ya no querían andar con él”. Se anuncia aquí el escándalo de la cruz que llevó a algunos discípulos a abandonar a Jesús durante su pasión, así como de aquellos discípulos que se apartaron de la Iglesia, y que dice san Juan: “Salieron de entre nosotros; pero no eran de los nuestros” (1 Jn 2, 19). ¿Cuántos a lo largo de la Iglesia, por una u otra razón, la han abandonado? Siempre hay esa posibilidad, no sólo de abandonar la Iglesia, sino de abandonar a Dios y a su Hijo Jesús.

Ante la dificultad para creer en sus palabras Jesús se dirige a los Doce, es decir a ese grupo más cercano a él, con una pregunta que espera una definición: “¿También ustedes quieren dejarme?”. Simón Pedro le respondió: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. Estas palabras de Pedro son una profesión de fe, como la que dijo en Cesarea de Filipo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16). Recordemos que en aquella ocasión Jesús le dijo: “Esto no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt 16, 17) y aquí Jesús dice: “El Espíritu es quien da vida; la carne para nada aprovecha”. Así que Pedro ha sido asistido por el Espíritu Santo para hacer esta profesión. Lo que juzgaban inadmisible los judíos e intolerable algunos discípulos, Pedro, ayudado por el Espíritu y a nombre de los Doce, lo confiesa: “Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”. Esta es la profesión de fe que hacemos como Iglesia para que se cumpla, en nosotros, lo que dijo Jesús: “Las palabras que les he dicho son espíritu y vida”. También desde la Iglesia Jesús nos cuestiona: “¿También ustedes quieren dejarme?”. ¿También ustedes quieren dejar la Iglesia, también ustedes quieren dejar la Eucaristía? Pedro responde por todos nosotros: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”.

ORATIO ¿QUÉ LE DECIMOS AL SEÑOR?

Te damos gracias, Señor Dios todo poderoso, por el don de la fe que nos has concedido para creer en tu Hijo Jesucristo, Verbo encarnado, Resucitado y presente en el camino de la vida y que se hace presente vivo y resucitado su cuerpo y su sangre en el sacramento de la Eucaristía como comida y bebida para darnos vida eterna.

Te damos gracias, Señor Dios todopoderoso, por el don del Espíritu Santo dador de vida y fuente desde el inicio de la fe para que el conocimiento estrecho de nuestro conocimiento humano se ensanche y se extienda hasta conocer y aceptar la revelación de tu Hijo como Pan de Vida que nos alimenta con su cuerpo y con su sangre, es decir con su propia vida.

Te damos gracias, Señor Dios todo poderoso, porque a pesar de las dificultades para seguir a tu Hijo Jesucristo hemos sido asistidos por tu gracia y por el Espíritu Santo para no abandonar a tu Hijo Jesucristo y a su Iglesia, sino que hemos hecho nuestras las palabras del apóstol Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”.

OPERATIO ¿QUÉ NOS PIDE EL SEÑOR?

El Señor nos pide que creamos en su encarnación, en su resurrección y en su prolongación en la Eucaristía. El Señor no quiere que caigamos en la murmuración o en la incredulidad, sino que abramos nuestro corazón para aceptarlo en la humildad de la carne, en su presencia espiritual en el camino de nuestra vida, pero sobre todo en el sacramento de la Eucaristía.

El Señor nos pide que tengamos un corazón abierto a la acción del Espíritu Santo, que es el que da la vida, no sólo biológica, sino también la vida espiritual, la vida de la gracia por medio de la fe y los sacramentos de la fe que nos revelan el misterio escondido por siglos eternos pero manifestado al final de los tiempos por las Escrituras: Jesucristo nuestro Señor.

El Señor nos pide que seamos sus discípulos, quiere de nosotros una fuerte adhesión a su persona en su Iglesia y, aunque algunos lo abandonen quiere que nos mantengamos firmes en el camino de la fe. Nos pide que como Pedro le digamos: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna: y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”.

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla

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