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domingo, 1 de noviembre de 2020

“De ellos es el Reino de los cielos”

LECTURA ORANTE DEL EVANGELIO
“LECTIO DIVINA”
LECTIO ¿QUÉ DICE EL SEÑOR?
Texto: Mt 5, 1-12:
En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó. Entonces se le acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles, y les dijo:
Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Dichosos los que lloran, porque serán consolados.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos.
Notas para entender mejor lo que dice el texto:
1. Las bienaventuranzas comienzan por la palabra “dichosos”, enseguida viene la mención del sujeto que es dichoso y finalmente se dice el motivo de su dicha.
2. La primera y la octava tienen como motivo la posesión del Reino.
3. Entre la primera y la octava no se menciona el Reino, pero lo que se dice en ellas es su contenido.
4. La justicia aparece en la cuarta y en la octava. Los dichosos de la cuarta tienen hambre y sed de justicia, los dichosos de la octava son perseguidos por causa de ella.
5. La quinta es como el corazón de todas: “Dichosos los misericordiosos”.
6. En la sexta y la séptima aparece la consecuencia de vivir estos principios: “los limpios de corazón verán a Dios” y “los que trabajan por la paz se les llamará hijos de Dios”.
7. La última habla de persecuciones y justifica el imperativo: “Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en el Reino de los cielos”.
MEDITATIO ¿QUÉ NOS DICE EL SEÑOR?
El evangelio de hoy contiene lo que tradicionalmente llamamos las bienaventuranzas. Se trata de máximas espirituales evangélicas para ser parte del Reino de Dios. La primera y la octava tienen como motivo central la posesión del Reino: “Dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos”, dice la primera, y: “Dichosos los perseguidos por causa de la justicia porque de ellos es el Reino de los cielos”, dice la octava. Si los pobres son dichosos no es porque sean pobres, sino porque al seguir a Jesús, el Reino de Dios ha llegado a ellos y Dios es su rey. Estos, aunque pobres, son felices porque su mayor riqueza es poseer a Dios y en cuanto a las riquezas de este mundo, son los que saben vivir con poco, trabajan y luchan confiando en Dios y viven con más libertad de corazón; tienen poco que perder en este mundo y están dispuestos a perder la vida con tal de no perder el Reino de Dios.
Entre la primera bienaventuranza y la octava no se menciona el Reino, pero lo que se dice en ellas es el contenido del Reino: los que lloran serán consolados, los sufridos heredarán la tierra, los que tienen hambre y sed de justicia serán saciados. Es Dios el que va a consolar a los que lloran, es Dios lo que van a heredar los sufridos. El tema de la justicia aparece tanto en la cuarta como en la octava bienaventuranza. Los mencionados en la cuarta tienen hambre y sed de justicia, los mencionados en la octava son perseguidos por causa de ella. También en este caso es Dios el que saciará el hambre y sed de justicia que tanta falta les hace.
La quinta bienaventuranza es como el corazón de todas: “Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia”. Misericordioso es el que ama al estilo de Dios y por lo mismo comparte lo que tiene, hace misericordia, hace caridad y, con su persona y con sus obras, hace presente a Dios. En la sexta y la séptima bienaventuranza aparece la consecuencia de vivir estos principios evangélicos: “los limpios de corazón verán a Dios” y “los que trabajan por la paz se les llamará hijos de Dios”. Los limpios de corazón son los misericordiosos porque dice la Escritura que la caridad cubre multitud de pecados (1 P 4, 8), por tanto, el que hace caridad, es purificado de sus pecados y si es purificado de sus pecados es limpio de corazón y si es limpio de corazón podrá ver a Dios. Los bienaventurados que trabajan por la paz son aquellos que, incluso si no conocen a Dios, luchan por la paz entre los seres humanos; pero no por cualquier tipo de paz, sino la paz con dignidad y justicia pues ahí donde está este tipo de paz, ahí está el Reino, incluso si no está la formalmente la Iglesia.
Las primeras ocho bienaventuranzas comienzan diciendo: “Dichosos los...”; en cambio la novena dice expresamente: “Dichosos ustedes”, como si dijera, que están aquí conmigo, aquí frente a mí, es decir ustedes que me han seguido. Ya no está formulada en tercera persona sino en segunda y habla de injurias, persecuciones y cosas falsas, “por causa mía”, lo cual indica que cuando san Mateo escribió el evangelio, los discípulos ya eran perseguidos por causa de Jesús y entendían que todo lo sufrido por su causa era motivo de alegría. En este sentido se entiende el imperativo final: “Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en el Reino de los cielos”.
Las bienaventuranzas son la síntesis del evangelio. Por tanto, son una buena nueva para los pobres, los humildes y sencillos. Son un mensaje de esperanza para los que sufren los desprotegidos, los marginados. Las bienaventuranzas Jesús las vivió, reflejan su espíritu, su manera de pensar y de vivir. Por esto el que sigue a Cristo las hace su programa de vida. Por lo anterior, para los discípulos del Señor, las bienaventuranzas, son la ley para luchar porque el Reino de Dios se haga más presente en nuestro mundo. Las bienaventuranzas muestran que para Dios los últimos son los primeros en su reino. Los pobres de este mundo son los preferidos de Dios, simple y sencillamente porque Dios está del lado de los desheredados, los cuales, por ese mismo hecho, ponen en Dios su esperanza.
Por contraste, las bienaventuranzas son un reclamo a las injusticias que se cometen en este mundo cuando sólo se piensa en los intereses personales y materiales del mismo y se pierde el horizonte de la fe y de la vida eterna. En efecto los que sólo piensan en este mundo se consideran dichosos si tienen dinero, salud, fama y poder; sin embargo, esa felicidad es efímera y no sacia los anhelos de trascender si no han hecho felices a los demás con su vida y con sus riquezas. Cabe hacerse la pregunta, ¿quién es tu Dios en este mundo? pues decía Jesús: “Donde está tu tesoro ahí está tu corazón” (Mt, 6, 21). Las bienaventuranzas suponen una inversión total con los valores del mundo, según el cual son dichosos los ricos, los que ríen, los que están llenos de bienes materiales y los que para conseguirlos cometen toda clase de injusticias. Sin embargo, esa dicha es efímera como lo es nuestro paso por este mundo.
En las bienaventuranzas Jesús habla de una dicha espiritual por poseer el Reino de Dios, pero en realidad lo que hay poseer es a Dios, sólo él puede hacer felices a los desheredados, a los que sufren o a los que luchan por la paz y hacen el bien a los demás. En este sentido, cuando se dice: “Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia”, significa que obtendrán a Dios porque Dios es misericordia.
ORATIO ¿QUÉ LE DECIMOS AL SEÑOR?
Te pedimos, Señor, tu gracia para ser pobres de espíritu, es decir que lo mismo nos dé tener o no tener bienes materiales, siempre y cuando no nos faltes tú. Sé tú nuestro consuelo y paño de lágrimas en los momentos de dolor, sobre todo sacia nuestra hambre y sed de justicia.
Concédenos, Señor, por un lado, abrir nuestros ojos para verte en nuestros hermanos y, por otro lado, abrir nuestro corazón y nuestras manos para compartir con ellos los bienes materiales y espirituales que tenemos y así podamos llegar a ser limpios de corazón para poder contemplarte en tu gloria.
Concédenos, Señor, el don de la paz interior en nuestro corazón y ser promotores de la paz, de la justicia y del orden que tú quieres que haya entre todos los hombres de cualquier clase, raza o nación, incluso a costa de injurias y persecuciones por causa tuya.
OPERATIO ¿QUÉ NOS PIDE EL SEÑOR?
El Señor quiere que seamos felices. Para ello, nos pide que seamos humildes, pobres de espíritu y de corazón. Quiere que nos sintamos ricos, pero no por tener bienes materiales, sino por ser parte del Reino, sentirnos poseedores del Reino o mejor dicho sentirnos poseedores de Dios porque Dios es el Reino.
El Señor quiere que nos llenemos de su amor y de su misericordia. Pero, no sólo que nos llenemos, sino que compartamos con nuestros hermanos más necesitados todos esos bienes materiales y espirituales que tengamos. Espiritualmente hay que compartir el amor de Dios y a Dios mismo; materialmente hay que hacer caridad con los pobres. De esta manera se nos perdonarán nuestros pecados y al ser purificados podremos llegar a ver a Dios.
El Señor quiere que nos identifiquemos con su Hijo Jesús, el cual vivió en toda su plenitud las bienaventuranzas: Jesús fue humilde, misericordioso y lleno de la paz de Dios. Así quiere Dios que nosotros vivamos: en la humildad, en la caridad y en paz entre nosotros, incluso a costa de padecer injurias o persecuciones por vivir estos principios evangelios que nos dan la felicidad en esta vida porque nuestro premio será grande en los cielos.
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla

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