La victoria de López Obrador lleva al poder a la izquierda en México
Anaya
y Meade reconocen la derrota y felicitan al ganador antes de conocerse siquiera
resultados oficiales
Por Javier
Lafuente/el país
Ciudad de México, a 1 de julio del 2018.- Andrés
Manuel López Obrador, sí, AMLO, será presidente de México. Por primera
vez, un político curtido como líder social, que mira hacia la izquierda,
gobernará el país de habla hispana más grande del mundo, la segunda economía de
América Latina, el vecino del sur de la gran potencia universal. No ha hecho
falta esperar a tener resultados oficiales.
Tras conocerse las primeras
encuestas de salida, sus dos rivales, Ricardo Anaya y José Antonio Meade,
reconocieron la derrota y felicitaron a López Obrador. México no solo ha
elegido presidente, también un futuro distinto. La victoria supone un tsunami
político. Según los primeros resultados, Morena, el partido de López Obrador,
gobernaría también la Ciudad de México y se haría con el poder en varias
gobernaciones. Si hace 18 años el país decidió poner fin a la hegemonía del PRI
después de 70 años, ahora exige una transición, un cambio de régimen tras dos
décadas de alternancia entre los partidos tradicionales.
El
triunfo de López Obrador es la constatación de que el país exige a gritos un
cambio. El hartazgo y el enojo con el sistema actual ha podido más que
cualquier otro factor. México le brinda la oportunidad a quien se lo había
denegado en dos ocasiones. A los 64 años, el líder de Morena promete una
transformación a la altura de la Independencia, la Reforma y la Revolución. A
partir de ahora ya las grandilocuentes deberán ser aterrizadas. López Obrador
deberá concretar cómo acabará con la corrupción más allá de la honestidad que
promulga y tendrá que definir un plan para reducir los niveles de violencia.
México
ha dado en las urnas la espalda al legado de Enrique Peña Nieto y ha
rechazado el cambio que proponía Ricardo Anaya. Lo ha hecho de manera
abrumadora en una jornada democrática como se recuerdan pocas: sin apenas
incidentes que resaltar; sin acusaciones de fraude de ida y vuelta. Una
tranquilidad pasmosa, comparada con el turbulento día a día que azota el país.
Uno
de los mayores desafíos de López Obrador desde esta noche hasta el 1 de
diciembre que asuma la presidencia - cinco largos meses de transición- será
abordar la forma de superar la polarización generada durante una campaña
repleta de crispación. Su figura, pese a contar con un respaldo mucho
mayor del que tuvo en sus dos primeros intentos, sigue siendo motivo de
confrontación. Ha sabido incorporar a críticos a su proyecto, pero sigue
teniendo furibundos detractores, que no confían en él. Consideran que la
aparente moderación de su discurso es una fachada. Si para la elección
consiguió despejar la idea de que es un peligro para México, a partir de ahora
deberá alejar los fantasmas que lo consideran un autoritario y que gobernará
para todos los mexicanos.
La
contundente victoria de López Obrador pone patas arriba el sistema tradicional
de partidos de México. Desde 1988, la política mexicana ha girado principalmente
en torno al partido hegemónico PRI; el conservador PAN y el progresista PRD.
Todo eso puede quedar reducido a cenizas. Tan significativa es la victoria del
líder de Morena como la derrota del resto de partidos. La irrupción de Morena,
la formación creada ad hoc por López Obrador, como principal fuerza en el
Congreso, pone a la izquierda ante un reto ingente, en la medida en que el
triunfo lo ha logrado en coalición con un partido, Encuentro Social. En el polo
ideológico opuesto, la formación evangélica se prepara para tener en el
Congreso un peso que jamás había soñado.
Más
incierto será el camino para el PRI y el PAN. En el caso del tricolor, no solo
abandonará el Gobierno el próximo 1 de diciembre. Al mal resultado de Meade se
suma, a falta de resultados concretos, la más que previsible pérdida de poder a
nivel local, lo que obliga al partido que está en el imaginario de todos los
mexicanos desde hace décadas a iniciar una travesía en el desierto. Nunca antes
el PRI se ha visto ante este escenario. La apuesta por Meade, un tecnócrata con
amplia trayectoria en el Gobierno con el que Peña Nieto pretendía contener el
desgaste de su administración y del partido, resultó un fiasco. La losa era
demasiado pesada. Además, las fracturas internas volvieron inviable una campaña
condenada al fracaso desde el inicio.
El
final del sexenio plagado de violencia y corrupción, junto a los resultados de
esta elección, complican sobremanera la imagen del presidente –durará cinco
meses aún en el cargo- y deja muy tocado al grupo que le ha apoyado todo este
tiempo. Entre muchos dirigentes del denominado viejo PRI cunde la preocupación
de que, de no lograr una transición rápida en el poder del partido, la
estructura se pueda ver absorbida por el ascenso de Morena.
El
futuro de la derecha tampoco es nada halagüeño. El PAN se ve ahora envuelto en
una encrucijada. Ricardo Anaya entregó su caudal político al éxito del Frente,
una alianza con la izquierda, que propició desde la presidencia del partido
conservador. La apuesta, no obstante, generó una división en el PAN. Los
detractores del candidato consideran que, de haber ido en solitario, el
tradicional partido opositor mexicano hubiese tenido más opciones de
enfrentarse a López Obrador. Los gestos contra Anaya se han multiplicado desde
el mismo momento de su designación. También la dirigencia del PAN ha movido
ficha al respecto. Horas antes de la elección, la formación expulsó a varios
dirigentes con peso antaño, una señal que muchos interpretaron como la
aceptación de la derrota por anticipado, un intento por contener una crisis que
se antoja inevitable.
México
afronta desde este lunes una nueva era. Un desafío que trasciende a un país de
120 millones de personas, que ha decidido abrir la puerta del poder a la
izquierda.




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