“Entra a formar parte de la alegría de tu Señor”
Queridos hermanos, Dios quiso que viniéramos al mundo y que en el mundo llegáramos a ser hijos suyos. Dios nos dio la vida y además puso dones en cada uno de nosotros para que nos realicemos como seres humanos y como cristianos; Dios nos quiere felices, llenos de vida, Dios nos quiere realizados en este mundo, pero lo más importante de todo, Dios quiere que entremos a formar parte de la alegría de su Reino eterno. Esa alegría ya se empieza a experimentar en este mundo, por la fe, la comunión con Dios y la realización dinámica y activa de nosotros mismos. Este es el centro del mensaje de la Palabra de Dios el día de hoy.
En el evangelio se dice que: “El Reino de los cielos se parece también a un hombre que iba a salir de viaje a tierras lejanas; llamó a sus servidores de confianza y les encargó sus bienes”. En esta parábola, conocida como de los talentos, se muestra cómo Dios espera frutos de los dones que nos ha dado, es decir que espera frutos de nuestra vida. El parecido con la parábola del propietario que plantó una viña, la arrendó a unos viñadores y se fue de viaje es evidente, pues en ambas parábolas hay que dar los frutos correspondientes y en ambas parábolas, se nos habla de la venida del Señor, sea la del final de los tiempos, sea la del final de la vida de cada uno de nosotros para ver si hemos realizado la tarea encomendada. También hay un parecido con la parábola del domingo pasado, sólo que aquí no son vírgenes las que esperan al Señor, sino siervos a quienes les encargó sus bienes según la capacidad de cada uno. Pero uno de ellos no hizo lo que debía de hacer con el dinero que se le había dado. Las vírgenes necias tenían su lámpara, pero no tenía aceite; este siervo tenía el dinero que su amo le había dejado, pero no lo hizo producir otro tanto como sus compañeros que le entregaron el doble. En la parábola de las diez vírgenes, las descuidadas se quedaron afuera de la fiesta, en el evangelio de hoy el amo dice del tercer siervo: “A este hombre inútil, échenlo fuera, a las tinieblas”.
En la parábola se dice que: “A uno le dio cinco millones; a otro, dos; y a un tercero, uno, según la capacidad de cada uno, y luego se fue”. Cuando aquí dice: “Y luego se fue”, uno piensa espontáneamente en Cristo resucitado que subió a los cielos y que volverá al final de los tiempos lleno de gloria. Nosotros somos esos servidores “de confianza” pues Dios nos ha encargado una misión. Como somos distintos, distintos son los dones y carismas que nos ha dado a cada uno y distinta es la misión. La diferencia o la cantidad de dones o carismas no importa, lo importante es hacerlos fructificar los más posible. El Reino de los cielos es como un capital que Dios ha puesto en nuestra vida y en nuestras manos, tenemos que hacerlo producir mucho fruto. Todo es gracia, decía san Pablo: “¿Qué tienes que no hayas recibido?” (1 Co 4, 7). La vida es un don y no hay don que no sea al mismo tiempo una misión. Debemos preguntarnos, ¿qué dones nos ha dado Dios? y ¿qué nos pide que hagamos con los dones que nos ha dado? Dios siempre pide lo que previamente nos ha dado. San Agustín, en su libro las confesiones, decía a Dios: “Dame lo que me pides y pídeme lo que quieras”.
También en esta parábola, como el domingo pasado, el Señor tarda en volver, pero cuando venga será el juicio. El evangelio dice que: “Después de mucho tiempo regresó aquel hombre y llamó a cuentas a sus servidores”. El que había recibido cinco millones, le presentó otros cinco; el que había recibido dos, le presentó otros dos. A uno y a otro el amo les dijo: “Te felicito siervo bueno y fiel. Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor, te confiaré cosas de mucho valor. Entra a formar parte de la alegría de tu Señor”. En esta vida, además de oír la Palabra de Dios, hay que hacerla fructificar. Jesús dejó en claro que el que escucha su Palabra y no la pone en práctica se parece al que edifica su casa sobre arena (cfr. Mt 7, 26). Si sólo escuchamos la Palabra y no la ponemos en práctica, dice el apóstol Santiago que, nos parecemos al que se ve en el espejo y cuando se retira se olvida de cómo es (cfr. St 1, 23).
Cuando se presentó el que había recibió un millón acusó al amo de exigente: “Señor, yo sabía que eres un hombre duro, que quieres cosechar lo que no has plantado y recoger lo que no has sembrado”. Sin embargo, lo que dejó de hacer, muestra que no conocía suficientemente al amo, pues éste quería frutos o ganancia de los dones entregados. La enseñanza es que Dios exige resultados de los dones que nos ha dado o de la misión que nos ha encomendado. El último siervo no supo descubrir para qué se le habían dado los dones y simplemente los enterró, los conservó, no arriesgó. Dice un dicho popular que el que no arriesga no gana. Seguir al Señor con toda radicalidad siempre será un riesgo, una aventura que va a requerir de nosotros mucha creatividad. Si no hacemos esto nos encerramos, no crecemos, no maduramos. La vida cristiana no consiste sólo en conservar la fe, sino en compartirla. Pareciera que hay dos maneras de vivir la vida: una activa y otra pasiva; una, dando frutos como los dos primeros siervos y, otra, una vida estéril, sin sentido y trascendencia; una vida tratando de corresponder al amor de Dios y otra sin creatividad y pasión por hacer un mundo mejor para los demás. Hay personas que piensan que son buenas porque no le hacen mal a nadie, pero tampoco le hacen el bien, es decir que son pasivas, esconden los talentos o los dones que Dios ha puesto en ellas. Es verdad que nuestra fe enseña que no hay que hacerle mal a nadie; pero, sobre todo, enseña que hay que hacer el bien.
En la segunda lectura de hoy se nos habla de la venida última de nuestro Señor. Con esta lectura se nos prepara ya para vivir el tiempo de adviento que en dos semanas vamos a empezar. La lectura dice que el día del Señor llegará como un ladrón en la noche, lo cual nos indica que hay que estar siempre preparados, firmes en la fe, vigilantes y llenos de la luz que se nos dio en el bautismo para salir al encuentro del Señor. Para quien ama al Señor, su venida no es motivo de temor, sino motivo de esperanza y de amor. Los primeros cristianos anhelaban la venida del Señor y decían: “Ven Señor Jesús” (1 Co 16, 22).
Con la figura del “siervo bueno y fiel”, el Señor nos invita a descubrir cuáles son nuestros dones y ponerlos a trabajar, a dar fruto. Por el contrario, con el mal ejemplo del “siervo malo y perezoso”, el Señor Jesús nos está invitando a evitar esas actitudes para no ser reprobados y echados fuera del Reino. No sólo hay que ser fieles a Dios conservando la fe, sino que hay que compartirla. Hoy la Iglesia insiste en que todos seamos discípulos misioneros. Para ello, necesitamos no “esconder bajo tierra” los talentos que Dios nos ha dado, sino con creatividad y bajo la acción del Espíritu lanzarnos a la misión. Los discípulos del Señor deben ser activos, dinámicos y propositivos en la misión. Si actuamos así, el Señor nos dirá: “Entra a formar parte de la alegría de tu Señor”. ¡Que así sea!
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla




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