HOMILÍA EN EL DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO
Gn 3, 9-15; Sal 129;
2 Co 4, 13-5, 1; Mc 3, 20-35
“El que cumple la voluntad de Dios”
Querido hermanos en Cristo, el día de hoy la Palabra de Dios nos muestra
que Dios no abandona a la humanidad pecadora, sino que le promete la salvación
y una morada eterna en el cielo, sobre todo a aquellos cumplen su voluntad, los
cuales entra a formar parte de su familia espiritual, la de los discípulos de
Jesús e hijos de Dios.
En la primera lectura podemos ver que a pesar de que el hombre ha
desobedecido a Dios comiendo del árbol prohibido, Dios no lo abandona, viene a
su encuentro. El pecado no ha roto el corazón de Dios, no ha vencido su amor.
En todo caso, es el corazón del hombre el que ha quedado roto. El diálogo se ha
trastocado, pero no interrumpido. Dios sigue llamando a Adán y lo cuestiona
porque necesita el perdón. La pregunta “¿Dónde estás?” tiene una fuerza
existencial y espiritual muy profunda, no se trata de saber su ubicación
geográfica, Dios todo lo ve, sino el estado espiritual en el que el hombre ha
quedado. Y no es que Dios no lo sepa. La pregunta es para ver si Adán toma
conciencia de su situación actual de cara a arrepentirse y enfrentar la lucha
con Satanás que le ha ganado una batalla, pero no la guerra.
Como parte del cumplimiento de la promesa, Dios resucitó a Jesucristo, y
nos prometió la resurrección “Por esta
razón no nos acobardamos”, decía san Pablo. La fe en la resurrección de
Cristo da fortaleza en el seguimiento del Señor y la esperanza de la vida
eterna: “Aquel que resucitó a Jesús nos
resucitará también a nosotros con Jesús”. Por eso el apóstol dice que: “No ponemos la mira en lo que se ve, sino en
lo que no se ve, porque lo que se ve es transitorio y lo que no se ve es eterno”.
Y lo confirma diciendo: “Dios nos tiene
preparada en el cielo una morada eterna”. En efecto, esto es lo que ha dado
valentía a todos aquellos que han seguido a Jesús incuso derramando su sangre
como él porque han creído firmemente en la resurrección para gozar eternamente
de la comunión con Dios.
En el evangelio, tenemos las preocupaciones y las
incomprensiones de los familiares de Jesús, las acusaciones y la oposición de
los escribas y la respuesta de Jesús a unos y a otros. Ahora
bien, en función de estos destinatarios, aparecen tres enseñanzas. Primero,
aparece Jesús seguido de la multitud que no le dejaban tiempo ni para comer;
segundo, Jesús es acusado por los escribas de estar poseído por Satanás a lo
cual responde con la enseñanza sobre la blasfemia contra el Espíritu Santo y,
finalmente, partiendo de los parientes que lo buscan, Jesús da sus enseñanzas
sobre la verdadera y espiritual familia de los que lo siguen.
Una vez que Jesús fue bautizado y descendió el
Espíritu Santo sobre él, en orden a su misión, prácticamente no tuvo descanso,
siempre andaba predicando el Reino de Dios porque veía que la gente andaba como
ovejas sin pastor (cfr. Mc 6, 34). En ese sentido el evangelio de hoy dice que:
“Jesús entró en una casa con sus
discípulos y acudió tanta gente, que no los dejaban ni comer”. Claro que
por toda esta misión evangelizadora, los parientes preocupados lo fueron a
buscar pues: “decían que se había vuelto
loco” y querían como hacerse cargo de él. ¡Cómo nos harían falta más locos
como Jesús y más locos por Jesús! Hombres y mujeres que no confundan, por su
incredulidad, la acción divina con la acción del maligno, y que llenos del
Espíritu Santo anuncien y hagan presente la acción salvadora de Dios.
Bueno, también desde la fe, todo lo hecho por
Jesús es una locura. San Pablo decía que la predicación de Jesucristo es una
necedad (cfr. 1 Co 1, 17), es decir una locura de amor de Dios por la
humanidad. Cuanto nos ama Dios que nos mandó a su Hijo, el cual vivió toda su vida como fuera de sí,
pero en el sentido de que su preocupación eran los demás. Ahora bien, para
estar fuera de sí por los demás se necesitaba una interioridad espiritual y una
comprensión muy profunda de su ser y de su quehacer. En cuanto a su ser Jesús
tenía su identidad firmemente centrada en su Padre Dios, en cuanto a su
quehacer, sabía perfectamente cuál es su misión: Él venía para cumplir la
promesa hecha por Dios de que la descendencia de Adán aplastaría la cabeza de
Satanás y, ¡la descendencia de Adán es Jesús!
Por su parte los escribas consideraban
que los demonios obedecían a Jesús porque estaba poseído por Satanás. La
respuesta de Jesús, en un primer momento, es de sentido común, pues Satanás no
se combate a sí mismo. Pero el hecho de que Jesús expulse a Satanás es porque Jesús es el más fuerte, el prometido desde el libro del
Génesis para que pisara la cabeza Satanás. Por lo mismo, en un segundo momento,
Jesús enseña que no descubrir la acción del Espíritu y la presencia del Reino
de Dios en su obra o confundirla con la acción de Satanás, es una blasfemia que
no tiene perdón porque es una negación voluntaria que atribuye al diablo lo que
es obra de Dios y rechaza la acción del Espíritu Santo. En este sentido, el
pecado contra el Espíritu Santo no es otra cosa, sino la negación de la
presencia del Reino de Dios en Jesús y por tanto cerrarse a su acción en la
historia y en nuestra propia vida. En definitiva se trata de negar la presencia
y la acción del Espíritu en nosotros.
Finalmente, la presencia de “su madre y sus parientes” parece indicar
que estaban preocupados porque Jesús no tenía tiempo ni para comer y pensaban
que se había vuelto loco. La respuesta de Jesús tiene una enseñanza muy
profunda: “Éstos son mi madre y mis
hermanos. Porque el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi
hermana y mi madre”. Es evidente que Jesús no está descalificando las
relaciones familiares, sino hablando de un nuevo parentesco espiritual que va
más allá del círculo familiar. Se trata de la pertenencia a la familia de Dios
en el orden de la gracia. En este sentido, todo el que cumple la voluntad de
Dios se hace parte de su familia espiritual, se hace familiar de Jesús.
Dentro de esta familia espiritual, la
Santísima Virgen María es grande por haber sido escogida para ser la Madre del
Hijo de Dios y por esto, junto con su Hijo Jesús, ha pisado la cabeza de
Satanás. De su maternidad brotan todas las gracias y una de ellas es
precisamente ser Madre de la Iglesia y Madre nuestra en el orden de la gracia.
De manera que las palabras de Jesús en este evangelio no son un menosprecio a
su Madre, sino un llamado a poner la mirada en su maternidad espiritual sobre
todos los que como ella cumplen la voluntad de Dios.
Hermanos, la Virgen María ha sido la primera
que con su “hágase en mí según tu palabra”,
ha cumplido la voluntad de Dios, por eso se ha convertido en modelo de fe para
que lleguemos a ser familiares de Dios. Así pues, pidámosle su intercesión para
que, unidos a Jesús, podamos pisar la cabeza de Satanás y cumplir la voluntad
de Dios. ¡Que así sea!
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla




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