HOMILÍA EN EL VIII DOMINGO DE PASCUA
FIESTA
DE PENTECOSTÉS
Hch 2,
1-11; Sal 103; 1 Co 12, 23-7.12-13; Jn 20, 19-23
“Reciban
el Espíritu Santo”
El día de hoy celebramos la venida del
Espíritu Santo. Con esta Fiesta llegamos al final del tiempo de Pascua. La venida
del Espíritu Santo es el punto final del misterio de Hijo de Dios encarnado por
nosotros, muerto, resucitado y ascendido a los cielos para enviarnos este don
del cielo que necesitamos para vivir en alianza con Dios y en unidad entre
nosotros.
El día de hoy tenemos como primera lectura un
fragmento del capítulo 2 del libro de los Hechos de los Apóstoles. Sin embargo
si leemos el libro completo podemos comprobar que el Espíritu Santo vino en
diversos momentos, no sólo en Jerusalén (cfr. Hch 2, 1-11), también en Samaria
(cfr. Hch 8, 5-25), en Cesarea marítima (cfr. Hch 10, 1-11, 18) y en Éfeso
(cfr. Hch 19, 1-6). De manera que el Espíritu Santo no reduce su acción a un
momento o a un lugar. Pentecostés no es simple y sencillamente un
acontecimiento del pasado, sino un acontecimiento que puede suceder hoy en
nuestra Iglesia, en nuestro mundo y en nuestras vidas y le pedimos que así sea,
que venga a renovar la faz de la tierra que tanto nos hace falta.
Ahora bien, ciertamente la venida del Espíritu
Santo de la que se habla en la lectura de hoy está muy cargada de simbolismo.
En primer lugar, parece un antibabel, pues en el relato de la Torre de Babel
Dios confundió las lenguas de los hombres para que no se entendieran (cfr. Gn
11, 7) y aquí, por el contrario, confunde a los oyentes para que, a pesar de la
diversidad de lenguas, se entiendan entre sí. Lo que pasa es que Dios envía su
Espíritu para que el mensaje de salvación sea comprendido por todas las
naciones representadas en todas esas gentes venidas de diferentes pueblos. Esto
significa que la predicación del evangelio no tiene fronteras de raza o de nacionalidad
porque el lenguaje del amor puede ser comprendido en todas las lenguas y en
todas las culturas, es decir hasta los confines de la tierra.
Además, si comparamos el relato de la venida
del Espíritu Santo con el relato del Sinaí, parece que con la venida del
Espíritu Santo tenemos una nueva alianza, ahora no con las tablas de la ley,
sino con la presencia del Espíritu. En Ex 19, 16 se hablaba de un poderoso
resonar de la trompeta, aquí en Hch 2, 2 se trata de un ruido que llenó toda la
casa donde se encontraban los Apóstoles; en Ex 19, 18 se dice que Yahveh había
descendido en el fuego, aquí en Hch 2, 2 se dice que el Espíritu bajó en un
ruido semejante a una ráfaga de viento impetuoso y después aparecen lenguas
como de fuego que se posaron sobre cada uno de los discípulos (Hch 2, 3) y se
pusieron a hablar en otros idiomas y los que acudieron los oían hablar en su
propia lengua.
Ahora bien, en el libro de los Hechos de los
Apóstoles aparece muy claro que, el Espíritu Santo vino sobre los discípulos a
los cincuenta, y así nació la Iglesia. Sin embargo, en el evangelio de san Juan
aparece que Jesús dio el Espíritu Santo al atardecer del mismo día de la
resurrección. ¿Cuál fue la verdad de las cosas?
Ciertamente era necesario que, para que Jesús
pudiera dar el Espíritu Santo, primero tenía que ascender a los cielos. Por
esto en el libro de los Hechos de los Apóstoles, Pedro dice: “A este Jesús Dios le resucitó;
de lo cual todos nosotros somos testigos. Y exaltado por la diestra de Dios, ha
recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros
veis y oís” (2, 32-33). Exaltado significa ascendido a los cielos, es decir que
Jesús, solamente entronizado y glorificado a la derecha del Padre podía
derramar el Espíritu Santo. Se comprende mejor lo que Jesús decía: “Les
conviene que yo me vaya porque si no, no vendrá a ustedes el Espíritu Santo”
(Jn 16, 7).
Ahora bien, ¿acaso el mismo día de la
resurrección subió a los cielos para ser glorificado e inmediatamente dio el
Espíritu Santo? La respuesta es afirmativa y el evangelio mismo de san Juan lo
confirma en una escena anterior al evangelio de hoy, cuando Jesús dice a
Magdalena: “Ve y di a mis hermanos que subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi
Dios y a vuestro Dios” (Jn 20, 17). Después de esto, es decir, de haber subido
a la gloria de su Padre, Jesús se presentó ante sus discípulos, les dio la paz,
les mostró las manos y el costado y les dio su misma misión y su mismo
Espíritu, es lo que aparece muy claro el evangelio de hoy.
La visión de san Juan se acerca más a la
realidad. De hecho también en el evangelio de san Lucas hay huellas que parecen
indicar que san Lucas, al principio, consideraba que así fue. A los discípulos
de Emaús Jesús les dijo que era necesario que el Cristo padeciera para entrar
así en su gloria (cfr. Lc 24, 26). No se habla de cuarenta días entre la
resurrección y la ascensión, sino que se liga en forma directa los
padecimientos del Hijo del Hombre con su glorificación. Además, cuando los
discípulos de Emaús se volvieron a Jerusalén y contaron a los Once lo que les
había sucedido por el camino y cómo lo reconocieron en la fracción del pan, se
presentó Jesús en medio de ellos para darles las últimas instrucciones y,
después de esto, los sacó fuera de la ciudad, hasta cerca de Betania, ahí los
bendijo y luego san Lucas dice textualmente: “Se separó de ellos y fue llevado
al cielo” (cfr. Lc 24, 51). Así pues en este texto no se dice que haya esperado
cuarenta días para subir a los cielos, más bien parece que fue el mismo día de
la resurrección.
Así pues, al principio, san Lucas coincidía
con san Juan en que el mismo día de la resurrección fue la ascensión y la
donación del Espíritu, pero más tarde, en su segundo libro, los Hechos de los
Apóstoles, unió la venida del Espíritu con la fiesta judía de la alianza y el
don de la ley, que se celebraba en Jerusalén, para indicar que, con la venida
del Espíritu Santo, Dios cumplía así la promesa de hacer una nueva alianza.
En la segunda lectura de la primera carta de
san Pablo a los Corintios se dice que nadie puede decir Jesús si no es bajo la
acción del Espíritu Santo. Así que hay que pedir que venga a nosotros el
Espíritu Santo con todos sus dones. La secuencia que se lee hoy antes del
evangelio expresa en forma poética y con mucha profundidad espiritual lo que el
Espíritu es para cada uno de nosotros. Pidamos pues que venga sobre nosotros: “Ven
ya Padre de los pobres, luz que penetra en las almas, dador de todos los dones.
Fuente de todo consuelo, amable huésped del alma, paz en las horas de duelo.
Eres pausa en el trabajo, brisa en un clima de fuego; consuelo, en medio del
llanto. Ven luz santificadora, y entra hasta el fondo del alma de todos lo que
te adoran”. ¡Que así sea!
+ Mons.
José Trinidad Zapata Ortiz
VIII
Obispo de Papantla




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