HOMILÍA EN EL IV DOMINGO DE PASCUA
Hch 4, 8-12; Sal
117; 1 Jn 3, 1-3; Jn 10, 11-18
“Yo soy el buen pastor”
Queridos hermanos, cada año el cuarto domingo de pascua celebramos a
Cristo resucitado como el Buen Pastor que cuida sus ovejas, que somos nosotros
y, librándonos del lobo que devora o de los malos pastores que sólo se
aprovechan de las ovejas, nos conduce a los pastos abundantes de la vida
eterna. Cada año en la Misa de este día se lee un pasaje diferente del capítulo
10 del evangelio de san Juan en el que se habla de Cristo como el Buen Pastor.
También, cada año nos unimos a la Iglesia universal en la jornada
mundial de oración por las vocaciones. Estimados jóvenes si no han encontrado
su vocación sepan que Cristo tiene un plan para cada uno de ustedes y él no se
da por vencido hasta que su voz resuene en el corazón de ustedes. El Papa Francisco en su mensaje para
la Jornada de hoy dice que la vocación es un éxodo, es decir una salida, pero
no como un desprecio de la propia vida, sino como una actitud siempre renovada
de conversión y transformación, es como un estar siempre en camino: “La vocación es siempre una acción de Dios
que nos hace salir de nuestra situación inicial, nos libra de toda forma de
esclavitud, nos saca de la rutina y la indiferencia y nos proyecta hacia la
alegría de la comunión con Dios y con los hermanos. Responder a la llamada de
Dios, por tanto, es dejar que él nos haga salir de nuestra falsa estabilidad
para ponernos en camino hacia Jesucristo, principio y fin de nuestra vida y de
nuestra felicidad”.
En el pasaje del evangelio de hoy Jesús dice: “Yo
soy el buen pastor”. No dice que sea un buen pastor, sino ‘el Buen Pastor’,
es decir el verdadero, el auténtico, el único. Jesús dice esto porque viene a
cumplir la promesa que Dios hizo a su pueblo en el Antiguo Testamento para
suplir a los malos pastores de Israel: “Yo mismo apacentaré mis ovejas y yo las
llevaré a reposar” (Ez 34, 15). Dice Jesús: “El buen pastor da la vida por las ovejas”. Esta expresión, “dar la vida” se repite varias veces en
este breve pasaje del evangelio, lo cual indica la importancia que esto tiene.
En efecto Jesucristo vivió su vida por nosotros, dio su vida por nosotros en la
cruz y resucitó para nuestra justificación (cfr. Rm 4, 25). Ahora bien, si Jesús dio la vida
por nosotros, es necesario que nosotros recibamos la vida de Jesús. Pero, no
todos quieren recibir la vida de Jesús y no todos quieren ser sus ovejas,
porque no lo conocen; no obstante, él murió por todos; todos saben que murió,
pero no todos creen que resucitó; sin embargo, él dijo: “Nadie me quita la vida; yo la doy porque quiero”. Cristo ha
cumplido su palabra, ha resucitado, y como buen pastor quiere a todas sus
ovejas reunidas en un solo redil.
Dios nos conoce a cada uno de nosotros, incluso antes de habernos
formado en el seno materno (cfr. Jr 1, 5). De la misma manera, Cristo, en
cuanto Hijo de Dios, nos conoce a todos y murió por todos, pero que lástima que
no todos lo conocen a él y no saben que les ama. Él decía: “Yo soy el buen pastor y conozco a mis ovejas
y ellas me conocen a mí”. Así pues Jesús, quiere, no sólo conocernos, sino
que nosotros lo conozcamos también a él, que lo amemos, crezcamos en su amor y
en el conocimiento del designio que tiene para cada uno de nosotros. Él quiere
que vivamos en comunión con él en esta vida y en esa comunión seamos felices y
que después esa comunión y felicidad se prolonguen en la vida eterna. Ese es el
fin profundo de nuestra vida y a eso hay que consagrarla.
Jesús el buen pastor, nos dice hoy: “Tengo
además otras ovejas que no son de este redil y es necesario que las traiga
también a ellas; escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor”.
Por esto en su oración a su Padre Dios, antes de su pasión y cruz, decía: “No ruego sólo por éstos, sino también por
aquellos… para que todos sean uno… para que el mundo crea que tú me has enviado”
(Jn 17, 20-21). Jesús no piensa sólo en nosotros, él piensa en todo ser humano
que viene a este mundo. Cristo murió por todos y no quiere que ninguno se
pierda, sino que todos se salven y lleguen al conocimiento Dios (cfr. 1 Tm 2,
4). En efecto decía san Pedro: “Ningún
otro puede salvarnos, porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los
hombres por el que nosotros debamos salvarnos”.
A lo largo de la historia de la Iglesia, Cristo sigue llamando a muchos
para que sean sus colaboradores. Nosotros, los llamados al sacerdocio, somos
los primeros que debemos recibir la vida de Jesús y darla también como Jesús.
De lo contrario seríamos unos asalariados que cuando ven venir al lobo
abandonan las ovejas y huyen. El Papa Francisco en su mensaje para la jornada de oración por las
vocaciones dice hoy: “La Iglesia que
evangeliza sale al encuentro del hombre, anuncia la palabra liberadora del
Evangelio, sana con la gracia de Dios las heridas del alma y del cuerpo,
socorre a los pobres y necesitados”. En este sentido podemos decir que un
pastor a imagen de Cristo es aquel que vive su ministerio en clave de éxodo o
de salida. La diferencia entre un asalariado y un buen pastor es que al
primero: “No le importan las ovejas”, el segundo
se olvida de sí mismo y sale en busca de las ovejas.
La imagen del buen pastor y de sus ovejas es una de
tantas para referirse a la relación que hay entre Dios y nosotros. La relación
más fundamental es que Dios es nuestro Padre y nosotros somos sus Hijos. Ahora
bien, Dios, por naturaleza tiene un solo Hijo, Jesucristo; pero por gracia
todos los que creemos en Cristo y hemos sido bautizados somos sus hijos. En
este sentido la lectura de la primera carta el apóstol san Juan afirma
categóricamente que: “No sólo llamamos
hijos, sino que lo somos”, por tanto no hay que esperar la otra vida para
vivir como hijos de Dios. También dice san Juan que: “Aún no se ha manifestado lo que seremos al fin”. Esto no significa
que vamos a dejar de ser hijos de Dios, sino que lo vamos a vivir de una manera
plena. Para expresar esta plenitud san Juan dice: “vamos a ser semejantes a él, porque lo veremos tal cual es”. Para
alcanzar esta inmensa gracia, vivamos como hijos de Dios, vivamos como ovejas
bajo la protección de Cristo, el buen pastor.
Ahora bien, para tener la protección de Cristo, el Buen Pastor, debemos
ser buenas ovejas. San Juan Crisóstomo decía: “Mientras somos ovejas vencemos y superamos a los lobos, aunque nos
rodeen en gran número; pero si nos convertimos en lobos entonces somos
vencidos, porque nos vemos privados de la protección del pastor. Éste, en
efecto, no pastorea lobos, sino ovejas, y por esto, si te conviertes en lobo,
te abandona y se aparta entonces de ti, porque no le dejas mostrar su poder” (Liturgia de las Horas, Jueves XXXIV
ordinario).
Así pues, hermanos, no nos convirtamos en lobos porque entonces el Buen Pastor
no nos va a cuidar. Vivamos como hijos de Dios, vivamos en clave de salida.
Salida hacia Jesús buen pastor y salida hacia nuestros hermanos más necesitados
para curar sus heridas. ¡Que así sea!
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla




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