HOMILÍA EN EL VI DOMINGO DE CUARESMA
Evangelio de la
bendición de los Ramos, Mc 11, 1-10
“Bendito
el que viene en nombre del Señor”
El día de hoy iniciamos la semana santa con el
“Domingo de Ramos” o también llamado domingo de la pasión porque en este día se
realiza una procesión con ramos que culmina con la celebración de la Misa en la
que se lee el relato de la pasión, un año según san Mateo, otro según san
Marcos y otro según san Lucas. Este año se leerá en la Misa el evangelio de san
Marcos. Pero lo más importante es que el domingo de Ramos nos lleva en
procesión al encuentro del Señor en la Eucaristía.
En esta reflexión nos fijamos especialmente en
el evangelio de la bendición de los Ramos en el que se nos dice que Jesús entró
a Jerusalén montado en un burro. La gente hubiera querido que entrara en un
caballo, que era símbolo de guerra y así mostraría que llegaba a Jerusalén para
destronar a los romanos, que dominaban Palestina y luego restauraría la
dinastía davídica. Pero no fue así, Jesús entró montado en un animal manso como
signo de que su reino es de paz, de humildad y de amor y no como los reinos de
este mundo donde hay tantas tiranías e injusticias.
En efecto, Jesús es rey, pero un rey
inesperado, lo aclaman como rey pero él va a tener una corona de espinas, por
cetro una caña y por manto real un simple manto color purpura que simboliza su
propia sangre derramada y por trono va a tener una cruz y; sin embargo, es la
manera como Dios rompe el espiral de odio y de violencia que hay en el mundo.
Ante la violencia muchos hubieran querido un Jesús justiciero que castigara a
todos los impíos y acabara con la maldad que hay en el mundo. Las palabras que
los trabajadores de la parábola de la cizaña le dirigen al amo están muy a
propósito: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?” y Jesús misericordioso
respondería: “Dejen que crezcan juntos hasta el día de la cosecha”. ¡Este es
nuestro Dios misericordioso, nuestro salvador! ¡Tiene paciencia con nosotros!
Hay que notar que, aunque no entendieran el significado
profundo de la entrada en Jerusalén, muchos se volcaron hacia Jesús en su
entrada. Jesús suscitó muchas expectativas, había muchas esperanzas en Israel,
especialmente las que hacían referencia a las promesas de Dios a David de que
un hijo suyo se sentaría en su trono y reinaría para siempre (2 Sm 7, 12-16).
El evangelio dice que: “Muchos extendían su manto en el camino, y otros lo
tapizaban con ramas cortadas en el campo”; pero sobre todo hay que distinguir
a: “Los que iban delante y a los que lo seguían”, los cuales gritaban: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre
del Señor! ¡Bendito el reino que llega, el reino de nuestro padre David!
¡Hosanna en el cielo!”.
Los que iban delante son los curiosos y los
que no quieren seguir verdaderamente a Jesús; son los que tienen su propio
proyecto, los que no quieren conocer y hacer la voluntad de Dios, sino que Dios
haga la suya; éstos “se adelantan”, piensan en un Mesías puramente temporal,
por eso dicen: “¡Bendito el reino que llega, el reino de nuestro padre David!”,
pero que más tarde van decir a Pilato: “¡crucifícalo, crucifícalo!” (Mc 15,
13-14). En efecto muchos dicen creer en Dios, pero no todos quieren hacer la
voluntad de Dios; muchos dicen que su vida está en manos de Dios, pero a la
mera hora hacen de su vida lo que les da la gana.
Pero también, entre esta gente, van los
discípulos. El evangelio menciona simplemente: “Los que lo seguían”. Estos van
detrás siguiendo los pasos de su maestro. Hay que decir que tampoco han
entendido mucho, la prueba es que luego Judas lo va a traicionar, Pedro lo va a
negar y todos, menos Juan, lo van a abandonar. No obstante, haciendo a un lado
a Judas, todos éstos han entrado en un camino de seguimiento respondiendo a las
palabras de Jesús que dijo:
“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”
(Mc 8, 34) y más tarde, con la ayuda del Espíritu Santo, van a morir como él y
por él.
La subida a la Jerusalén terrena es
símbolo de la subida a la Jerusalén del cielo hacia la que debe tender siempre
nuestra vida. En efecto toda nuestra vida no tiene otra razón de ser. Venimos
de Dios y vamos a Dios y mientras peregrinamos en este mundo nuestro esfuerzo
ha de consistir en alcanzar la Jerusalén celestial, lo cual no es fácil porque
si bien por un lado debemos tender hacia las alturas, por otro, es un hecho que
estamos inclinados y apegados a la Jerusalén terrena y a las muchas cosas de
este mundo que nos atan y nos atrapan. Además en la subida de la vida
cristiana, el enemigo de Dios, Satanás, nos pone trampas para que resbalemos y
caigamos y no lleguemos a nuestro fin. Pues precisamente para que lleguemos a
nuestro destino, Cristo no sólo nos mostró el camino, sino que él mismo se hizo
camino.
Así pues, el camino de Jesús a Jerusalén
es símbolo del camino que todos nosotros tenemos que hacer hacia la vida
eterna. San Alberto Hurtado decía que la vida es para conocer a Dios, la muerte
para encontrarnos con él y la otra vida para gozarlo. Sin embargo para llegar
allá, no olvidemos que este camino pasa por la pasión y por la muerte, pero al
final de ellas nos espera el encuentro con Cristo en la gloria de la
Resurrección. Ahora bien, vale la pena preguntarse ¿Hemos seguido a Jesús en el
camino de la Cuaresma? En efecto, la Cuaresma no tiene otra razón de ser, sino
que es camino a la Pascua.
Así pues, si no hemos seguido a Jesús, todavía
es tiempo; pero sigámoslo con firme decisión en su entrada a Jerusalén. Ahora
bien, la meta no es llegar a la Jerusalén terrena, sino llegar a la Jerusalén
del cielo, a la comunión con Dios en la gloria; pero para llegar a estar con
Dios, la comunión con Jesús en esta vida, es el camino. Desafortunadamente nos
encontramos entre dos fuerzas que nos atraen. Por un lado está nuestra débil y
herida naturaleza que tiende hacía el egoísmo, hacia la mentira, hacia el mal.
Por otro lado deseamos y anhelamos el bien, pero no tenemos, por nosotros
mismos, la capacidad de llevarlo a cabo. Dice san Pablo: “Realmente mi proceder
no lo comprendo porque hago el mal que aborrezco y dejo de hacer el bien que
quiero” (Rm 7, 15). Para vencer esta situación y vencernos a nosotros mismos, se
necesita sobre todo la gracia de Dios. ¡Para obtenerla hay que seguir al Señor
Jesús!
Así pues, mientras dura nuestra vida, y en concreto en
esta procesión de los Ramos, con ramos o sin ellos, como una profesión pública
de nuestra fe, caminemos al encuentro de Cristo en la Eucaristía. Conservemos
los ramos, pero no como un amuleto, sino como un signo de nuestra fe, signo de
que seguimos a Cristo, signo de que aceptamos la cruz como camino a la vida
eterna, signo de que buscamos la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte
para vivir una vida nueva. ¡Que
así sea!
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla




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