Desde el cementerio romano, “que es como un umbral entre este mundo y el más allá”, León XIV recuerda que, animados por la fe en Cristo, la muerte no rompe el vÃnculo con nuestros difuntos, lo transforma. Una oración también por quienes han perdido un ser querido a causa de la violencia de la guerra, para que sus lágrimas conmuevan las conciencias de quienes tienen el poder de hacer callar las armas.
Por Alina Tufani DÃaz / Vatican News
Ciudad del Vaticano, a 2 de noviembre de 2026.- En una tarde, nublada y frÃa, reunidos en un “lugar de oración y recuerdo, de afecto y esperanza”, como describió el Papa la celebración de la Santa Misa por los fieles difuntos, en el cementerio romano del Verano, la invitación inicial es la de rezar en sufragio de quienes allà descansan y por quienes “cada uno de nosotros lleva en el corazón”.
Nos dirigimos al Padre del cielo para que la vida de santidad y bienaventuranza, de la que ya disfrutan tantos de sus hijos e hijas, envuelva el alma de quienes duermen el sueño de la paz.
Las manos paternas y seguras de Dios
En su homilÃa, ante un centenares de fieles y religiosos, León XIV recordó que la fe se alimenta con la Palabra y con la “confianza en las manos de Dios”, “manos capaces de custodiar el alma de los justos” y promesa de salvación para que, a los fieles difuntos, como dice el Libro de la SabidurÃa, “ningún tormento les tocará”.
“Que sus manos paternas y seguras los custodien por toda la eternidad, para que puedan disfrutar plenamente de esa unión recÃproca y vital que el Señor promete a su pueblo en el Libro del Apocalipsis: «Ellos serán su pueblo y él será Dios con ellos, su Dios» (Ap 21,3).
Que las lágrimas hagan callar las armas
Al centrarse en el Evangelio de este lunes, que propone las Bienaventuranzas “camino hacia la vida plena, ahora y por toda la eternidad”, el Santo Padre subraya que ellas son como un “autorretrato” que Jesús pone en manos de sus discÃpulos, es el “Señor Resucitado quien nos habla”. Un anuncio de salvación que, para el PontÃfice resuena con mayor fuerza en un cementerio, “que es como un umbral entre este mundo y el más allá, entre la existencia terrenal y el más allá que nos espera”.
En particular, el Papa destaca de entre las ocho Bienaventuranzas del Evangelio de Mateo la que reza: "Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados". Y con ella su exhortación a la paz:
En este momento queremos rezar por todos aquellos que han perdido recientemente a un ser querido; en particular, por aquellos a quienes la absurda violencia de la guerra se lo ha arrebatado. ¡Que las lágrimas de tantas madres, de tantos niños, de tantos ancianos conmuevan las conciencias de quienes tienen el poder de hacer callar las armas!
El vÃnculo que no se rompe, se transforma
Al concluir su homilÃa, León XIV destacó que “la fe en Cristo nos dice que nuestro vÃnculo con los fieles difuntos no se rompe, sino que se transforma”. Una transformación que se acompaña con la oración de sufragio por nuestros seres queridos hacia la plena comunión con el Señor, la misma comunión anticipamos en la EucaristÃa.
“Animados por esta fe llena de esperanza, continuamos nuestro camino terrenal, a la espera del dÃa en que Él enjugará toda lágrima, cuando «ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado» (Ap 21,4).
No hay comentarios
Publicar un comentario