domingo, 13 de septiembre de 2026

Perdonar siempre: la enseñanza evangélica que llama a sanar el corazón

La reflexión dominical plantea que quien experimenta el perdón está llamado a compartirlo, incluso frente a las ofensas y los conflictos cotidianos
Papantla, Ver., a 13 de septiembre de 2026.- Perdonar no siempre resulta sencillo, especialmente cuando la herida permanece abierta o la ofensa parece difícil de olvidar. Sin embargo, para la fe cristiana, el perdón no tiene un número limitado: es una actitud permanente que nace del amor y permite recuperar la paz interior.

Ese fue el eje de la reflexión evangélica de monseñor José Trinidad Zapata Ortiz, presentada por la Diócesis de Papantla, a partir del pasaje bíblico en el que Pedro pregunta a Jesús cuántas veces debe perdonar a un hermano que lo ofende.

La respuesta de Cristo rompe cualquier límite humano: no siete veces, sino siempre. El mensaje, más que una cifra, plantea una forma de vivir en la que el resentimiento no tenga la última palabra.

Del límite humano al perdón sin medida

La pregunta de Pedro —“¿cuántas veces tengo que perdonarlo?”— refleja una inquietud profundamente humana. En la tradición de entonces, siete veces representaba ya un límite generoso para conceder el perdón, particularmente entre personas cercanas.

Jesús, sin embargo, lleva la respuesta mucho más lejos. El sentido de “setenta veces siete” no apunta a realizar una cuenta interminable, sino a comprender que el perdón no puede reducirse a una cantidad determinada.

Para explicar esta enseñanza, el Evangelio presenta la parábola del rey que decide ajustar cuentas con sus servidores. Uno de ellos le debe una cantidad que jamás podría pagar. Ante su súplica, el rey se compadece y le perdona completamente la deuda.

Pero ese mismo hombre, después de recibir misericordia, se muestra incapaz de tenerla con un compañero que le debe una cantidad mucho menor.

La parábola que confronta al ser humano

La reflexión de monseñor Zapata Ortiz coloca en el centro una pregunta incómoda: ¿qué hacemos con el perdón que nosotros mismos hemos recibido?

Desde la perspectiva cristiana, todos somos deudores ante Dios y ninguno puede presentarse como alguien que ha hecho todo perfectamente. Por ello, el perdón recibido debería convertirse también en una disposición para perdonar.

La parábola adquiere así un sentido cotidiano. No habla únicamente de grandes conflictos, sino también de las pequeñas heridas que se acumulan en las familias, entre amigos, vecinos y compañeros.

El resentimiento puede convertirse en una carga silenciosa. Perdonar, en cambio, implica renunciar a vivir atados permanentemente a la ofensa.

“Perdónanos como también nosotros perdonamos”

El mensaje encuentra una expresión directa en la oración del Padre Nuestro: pedir a Dios que perdone las propias faltas “como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

Para la reflexión diocesana, esta petición establece una relación inseparable entre recibir misericordia y aprender a ofrecerla.

No se trata de afirmar que una ofensa carezca de importancia ni de ignorar el dolor. El llamado evangélico consiste en impedir que ese dolor termine convirtiéndose en odio, venganza o separación permanente.

En este sentido, monseñor Zapata Ortiz recuerda que Dios no deja de ser misericordioso; es la persona que, al negarse a amar y perdonar, puede terminar apartándose voluntariamente de ese amor.

El perdón como camino hacia la paz

La reflexión también presenta el amor y el perdón como fuentes de paz interior y de una convivencia más sana.

En un contexto donde las diferencias personales pueden transformarse rápidamente en confrontaciones, la enseñanza adquiere una dimensión que rebasa el ámbito estrictamente religioso. Perdonar supone reconocer que ninguna persona está libre de equivocarse y que todos, en algún momento, necesitamos comprensión y una nueva oportunidad.

La propuesta cristiana llega incluso al terreno más difícil: el de quienes consideran enemigos. De ahí el llamado de Jesús a buscar la semejanza con un Dios que ama y perdona.

Es una exigencia elevada, pero también una invitación a romper ciclos de rencor que pueden prolongarse durante años.

Una tarea difícil que requiere gracia

La propia reflexión reconoce que vivir esta enseñanza “no es nada fácil”. Perdonar no significa negar el sufrimiento ni actuar como si nada hubiera sucedido.

Por ello, monseñor Zapata Ortiz plantea que el ser humano necesita sentirse amado y perdonado por Dios para poder transmitir ese mismo amor a los demás.

El perdón aparece así no solamente como una decisión personal, sino como una gracia que debe ser recibida y compartida.

La enseñanza invita a mirar hacia el interior y preguntarse qué heridas seguimos cargando, qué ofensas nos mantienen atados al pasado y qué pasos podemos dar para recuperar la paz.

Un mensaje que permanece más allá del domingo

La reflexión concluye con una idea esencial: el perdón cristiano no consiste en llevar una cuenta de cuántas veces hemos sido ofendidos, sino en mantener abierto el corazón a la posibilidad de reconciliación.

“Setenta veces siete” se convierte entonces en una imagen de la misericordia sin medida.

En tiempos donde resulta más sencillo responder a una ofensa con otra ofensa, la propuesta evangélica plantea un camino diferente: amar, comprender, perdonar y volver a empezar.

No es una tarea sencilla, pero —como subraya monseñor José Trinidad Zapata Ortiz— puede comenzar cuando una persona se reconoce también necesitada del perdón.

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