De comunidad próspera en 1960 a poblado diezmado, el éxodo y la falta de oportunidades marcan el destino de este rincón serrano de Durango
Durango, a 8 de febrero de 2026.- La Rosilla, localizada en lo alto de la sierra duranguense y registrada oficialmente en 1960 con 288 habitantes, ha perdido casi la mitad de su población. Conocido por sus heladas prolongadas que llegan a los –17 °C, este pueblo enfrenta no solo el rigor del clima, sino también carencias profundas: empleo escaso, falta de servicios médicos, aislamiento geográfico, escasez de alimentos y cortes constantes de energía, factores que empujan a muchos habitantes a buscar mejores condiciones de vida fuera de sus tierras.
Entre nieve y vida cotidiana
La Rosilla no es un lugar común: su clima extremo lo ha hecho célebre como el pueblo más frío de México. Las nevadas y las temperaturas bajo cero no solo son parte de una anécdota climática, sino una realidad diaria que moldea la vida de quienes aún resisten en la comunidad.
Para muchos, soportar días a –17 °C es un acto de adaptación constante: ropa térmica, fogatas, estufas y la convivencia con condiciones que obligan a planear cada actividad con cuidado. La nieve, que podría ser un atractivo turístico, dependiendo de la cercanía, se convierte también en un factor de dificultad para la movilidad, el acceso a servicios y la logística local.
Más allá del frío, lo que realmente pone a prueba a sus habitantes es la combinación del clima con las limitaciones materiales que enfrenta esta comunidad serrana.
El éxodo demográfico: causas y consecuencias
En 1960, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) contabilizó 288 habitantes en La Rosilla. Hoy, más de seis décadas después, esa cifra se ha reducido casi a la mitad, y la tendencia sigue siendo de migración. Familias enteras han optado por trasladarse a zonas urbanas o a otras entidades donde la economía y los servicios son más accesibles.
La falta de oportunidades laborales es uno de los motivos principales. En un entorno donde las actividades productivas formales son limitadas, los jóvenes y adultos buscan alternativas fuera de la sierra para garantizar ingresos estables y un futuro con mayor certidumbre económica.
Otro factor determinante es el aislamiento. La lejanía de centros urbanos con servicios consolidados obliga a los residentes a realizar largos viajes para acceder a educación superior, atención médica especializada o trámites administrativos. Esta realidad se traduce en un desgaste físico y económico que muchas familias ya no están dispuestas a afrontar.
Carencias que desafían la supervivencia
Más allá del frío, La Rosilla enfrenta una serie de carencias que complican aún más la vida en el pueblo:
Falta de empleo formal: Las oportunidades laborales son escasas, con lo que muchos jóvenes se ven obligados a emigrar o a depender de actividades temporales con bajos ingresos.
Escasez de alimentos frescos: La lejanía de las rutas de abasto dificulta el acceso a productos frescos, encareciendo la canasta básica y poniendo presión sobre los recursos familiares.
Servicios de salud limitados: La ausencia de atención médica cercana obliga a trasladarse a cabeceras municipales o ciudades más grandes, lo que representa una barrera importante para quienes requieren atención regular o urgente.
Apagones constantes: Los cortes de energía recurrentes se vuelven más graves en invierno, cuando la electricidad es vital para calefacción, conservación de alimentos y actividades cotidianas.
Estas condiciones no solo ponen a prueba la fortaleza de quienes aún residen en La Rosilla, sino que construyen barreras casi infranqueables para la permanencia de las nuevas generaciones.
Resiliencia comunitaria: el alma del pueblo
A pesar de las dificultades, en La Rosilla existe un fuerte sentido de comunidad y solidaridad. Vecinos comparten recursos, experiencias de supervivencia y apoyos en momentos críticos. La ayuda mutua se convierte en una fuerza invisible que mantiene viva a la población, aun cuando las estadísticas demográficas pintan un escenario de declive.
Esta resiliencia se traduce en prácticas cotidianas: compartir combustible para calefacción, organizar compras comunitarias de alimentos o coordinarse para viajes colectivos a centros urbanos cercanos. En todos ellos se percibe un lazo social profundo que va más allá de la mera convivencia: es una lucha compartida por sostener una forma de vida.
La Rosilla continúa siendo un lugar de contrastes: un paisaje impresionante marcado por heladas y nieve, junto a una comunidad que, pese a las adversidades, mantiene viva su identidad y su historia. El reto, tanto para sus habitantes como para las autoridades, es encontrar caminos que permitan conjugar la preservación de una forma de vida única con mejores condiciones de desarrollo social y económico.

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