Resistencia cultural macehual: la educación como territorio de lucha tras la Guerra Social Maya
Una investigación del INAH documenta la didáctica de la resistencia y la lenta aceptación de la educación rural
Quintana Roo, a 9 de enero de 2026.- Aunque la Guerra Social Maya concluyó oficialmente en 1901, la resistencia de las comunidades macehuales no terminó con el silenciamiento de las armas. Durante casi medio siglo más, los pueblos indígenas asentados en lo que hoy es Felipe Carrillo Puerto, Quintana Roo, rechazaron la educación oficial impulsada por el Estado mexicano. Así lo documenta el arqueólogo e investigador del INAH, Gabriel Vázquez Dzul, en un estudio que analiza la escuela rural como un nuevo frente de confrontación cultural, lingüística y política.
El fin de la guerra no significó el fin de la resistencia
La llamada Guerra Social Maya (1847-1901), considerada el conflicto armado indígena más prolongado de América Latina, marcó profundamente la historia del sureste mexicano. Sin embargo, su culminación militar no supuso la integración inmediata de las comunidades mayas rebeldes al proyecto nacional.
De acuerdo con la investigación Didáctica de la resistencia. Macehuales de Quintana Roo y el ingreso de la escuela rural en el territorio rebelde a principios del siglo XX, publicada en la edición número 195 de la revista Arqueología Mexicana, los macehuales mantuvieron una postura de desconfianza absoluta hacia el Estado, particularmente frente a la educación promovida tras la toma militar de su capital simbólica, Noh Kah Santa Cruz Balam Nah.
Desconfianza, lengua y memoria colectiva
Gabriel Vázquez Dzul, especialista en historia de la educación, señala que el principal motivo del rechazo a la escuela fue la profunda desconfianza hacia el gobierno, visto como el mismo ente que había reprimido y despojado a las comunidades durante décadas de conflicto.
La educación castellanizadora era percibida no como una herramienta de desarrollo, sino como un mecanismo de control cultural y pérdida de identidad. Durante los 54 años de guerra y varias décadas posteriores, las comunidades mayas del centro de Quintana Roo y del oriente de la península de Yucatán cerraron el paso a maestros y escuelas, impidiendo que sus hijos fueran instruidos bajo modelos ajenos a su cosmovisión.
Escuelas que no lograban arraigo
Durante el periodo porfirista, el territorio quintanarroense contaba apenas con 13 escuelas, nueve de ellas rurales. Su permanencia era frágil: muchas cerraban por la falta de alumnos, ya que las familias se negaban a enviar a sus hijos.
En casos extremos, relata el investigador, algunos profesores fueron agredidos físicamente ante las sospechas sobre lo que enseñaban en las aulas. La escuela, lejos de ser vista como un espacio neutral, se convirtió en un símbolo de invasión cultural.
Cambios graduales en el modelo educativo
Entre 1940 y 1950, los proyectos educativos federales comenzaron a transitar de la castellanización forzada hacia la alfabetización, aunque en un inicio sin pleno respeto por las lenguas originarias. No obstante, algunos programas posteriores incorporaron materiales didácticos en lengua maya y contenidos culturales propios, lo que permitió un lento acercamiento entre la escuela rural y las comunidades macehuales.
A pesar de los esfuerzos de maestros como Santiago Pacheco Cruz, durante los gobiernos de Salvador Alvarado y Venustiano Carranza, las escuelas creadas entre 1915 y 1917 fracasaron por la ausencia de alumnado, reflejo de una resistencia cultural aún intacta.
El papel del Estado y un punto de inflexión
Un momento clave ocurrió en 1939, con la visita del presidente Lázaro Cárdenas a Felipe Carrillo Puerto. Este gesto político contribuyó a modificar gradualmente la relación entre la escuela oficial y las comunidades indígenas.
Un año después se creó un internado a un costado de la iglesia local, que llevó el nombre del mandatario, destinado a formar adolescentes mayas como futuros instructores o estudiantes de escuelas normalistas en Yucatán y Campeche. Este proyecto marcó el inicio de una nueva etapa, en la que la educación comenzó a ser vista, poco a poco, como una herramienta propia y no exclusivamente impuesta.
Consolidación tardía de la escuela rural
Según Vázquez Dzul, la verdadera consolidación de la escuela rural en la región ocurrió entre 1967 y 1975, cuando se estableció una asistencia regular de estudiantes macehuales y los docentes fueron reconocidos como figuras de autoridad local.
Este proceso no implicó la desaparición de la identidad indígena, sino una adaptación selectiva que permitió a las comunidades integrar ciertos elementos del sistema educativo sin renunciar a su esencia cultural.
Una resistencia que perdura
La investigación, realizada en el marco del proyecto de creación del Museo Histórico de la Ciudad de Felipe Carrillo Puerto, concluye que la resistencia macehual sigue viva. Aunque las formas de vida se transforman con el paso del tiempo y la presión del turismo en la región, la lengua maya y las expresiones culturales continúan practicándose cotidianamente.
“No es casual que la forma de vida macehual conserve esa esencia de resistencia”, afirma el investigador, al subrayar que la rebeldía histórica se manifiesta hoy no con armas, sino con la preservación de la identidad, la memoria y la cultura.
El estudio de Gabriel Vázquez Dzul aporta una mirada profunda sobre la educación como espacio de disputa histórica y cultural en Quintana Roo. Más allá de las aulas, la experiencia macehual revela que la resistencia indígena no terminó con la guerra, sino que se transformó en una defensa persistente de la lengua, la identidad y la autonomía comunitaria, rasgos que aún definen a la población de Felipe Carrillo Puerto en el siglo XXI.




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