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Cultura del cuidado y política del encuentro

Por Hernán Bernasconi / Infobae
México, a 3 de junio del 2024.- “No hay cambios duraderos sin cambios culturales … y no hay cambios culturales sin cambios en las personas» (Papa Francisco, LD, 70)

El Papa Francisco y los dolores de la humanidad

“Es doloroso constatar que, lamentablemente, junto a numerosos testimonios de caridad y solidaridad, están cobrando un nuevo impulso diversas formas de nacionalismo, racismo, xenofobia e incluso guerras y conflictos que siembran muerte y destrucción” (las negritas nos pertenecen), Santo Padre, 1 de enero de 2021, 54 Jornada Mundial de la Paz. Conceptos que en los últimos tiempos reiteró con insistencia y con profundo dolor, implorando a las naciones, el alto del fuego, la ayuda humanitaria y el diálogo para la paz, en especial en Ucrania, Sudán y Palestina y a los responsables que abandonen la facilitación del comercio de armas.

Relaciones de dominación y sometimiento o relaciones de fraternidad.

“Estos y otros eventos, que han marcado el camino de la humanidad en el último año, nos enseñan la importancia de hacernos cargo los unos de los otros y también de la creación, para construir una sociedad basada en relaciones de fraternidad”.

Ante las palabras de Francisco este cronista se pregunta: ¿Por qué los argentinos no podemos hacernos cargo los unos de los otros? ¿Por qué no del cuidado de los recursos que Dios dotó a nuestro suelo?

Por mandato divino todos somos los guardianes de la Creación.

“En muchas tradiciones religiosas -prosigue diciendo Francisco- hay narraciones que se refieren al origen del hombre, a su relación con el Creador, con la naturaleza y con sus semejantes. En la Biblia, el Libro del Génesis revela, desde el principio, la importancia del cuidado o de la custodia en el proyecto de Dios por la humanidad, poniendo en evidencia la relación entre el hombre (’adam) y la tierra (’adamah), y entre los hermanos. En el relato bíblico de la creación, Dios confía el jardín “plantado en el Edén” (cf. Gn 2,8) a las manos de Adán con la tarea de “cultivarlo y cuidarlo” (cf. Gn 2,15). Esto significa, por un lado, hacer que la tierra sea productiva y, por otro, protegerla y hacer que mantenga su capacidad para sostener la vida (Carta enc. Laudato si’ N. 67).” (las negritas son de este redactor)

¿Por qué nosotros, los que vivimos en las ciudades, los gobernantes, civiles o militares, no hacemos otra cosa que llamar a los de afuera para que ocupen la Argentina con ideologías, proyectos, inversiones, posesiones, trabajo y una efímera acción, llevándose las riquezas humanas y materiales para después volver a girar en el vacío? ¿Por qué somos tan inútiles?”

“Los hermanos sean unidos, esa es la ley verdadera”

El nacimiento de Caín y Abel dio origen a una historia de hermanos, cuya relación sería interpretada —negativamente— por Caín en términos de protección o custodia. Caín, después de matar a su hermano Abel, respondió así a la pregunta de Dios: «¿Acaso yo soy guardián de mi hermano?» (Gn 4,9) (“La fraternidad, fundamento y camino para la paz”. Mensaje para la celebración de la 47.a Jornada Mundial de la Paz, 1 enero 2014 (8 diciembre 2013), N. 2.) Sí, ciertamente. Caín era el “guardián” de su hermano. «En estos relatos tan antiguos, cargados de profundo simbolismo, ya estaba contenida una convicción actual: que todo está relacionado, y que el auténtico cuidado de nuestra propia vida y de nuestras relaciones con la naturaleza es inseparable de la fraternidad, la justicia y la fidelidad a los demás» (Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), N.70).

El cuidado de la creación

El cuidado de la creación está en la base de la institución del Shabbat que, además de regular el culto divino, tenía como objetivo restablecer el orden social y el cuidado de los pobres (cf. Gn 1,1-3; Lv 25,4). El término se traduce como ‘descanso’, ‘descansar’ o ‘cesar’, en el sentido de dejar de trabajar para dedicarlo a la espiritualidad, rezar y hacer el bien.

¿Por qué, decimos nosotros, la cultura de los pueblos originarios sacralizan y cuidan las montañas, los glaciares, los ríos y los bosques oponiéndose al extractivismo y a la deforestación y nosotros convocamos al extractivismo, a la contaminación y a la deforestación? ¿El equilibrio financiero de las cuentas del Estado justifican el daño a esas poblaciones y al medio ambiente? Laudato sí es un tratado de la cultura del cuidado y textualmente dice: “En este sentido, es indispensable prestar especial atención a las comunidades aborígenes con sus tradiciones culturales. No son una simple minoría entre otras, sino que deben convertirse en los principales interlocutores, sobre todo a la hora de avanzar en grandes proyectos que afecten a sus espacios. Para ellos, la tierra no es un bien económico, sino don de Dios y de los antepasados que descansan en ella, un espacio sagrado con el cual necesitan interactuar para sostener su identidad y sus valores. Cuando permanecen en sus territorios, son precisamente ellos quienes mejor los cuidan. Sin embargo, en diversas partes del mundo, son objeto de presiones para que abandonen sus tierras a fin de dejarlas libres para proyectos extractivos y agropecuarios que no prestan atención a la degradación de la naturaleza y de la cultura.” (N.146)
Jesús y el cuidado

“La vida y el ministerio de Jesús encarnan el punto culminante de la revelación del amor del Padre por la humanidad (cf. Jn 3,16). En la sinagoga de Nazaret, Jesús se manifestó como Aquel a quien el Señor ungió «para anunciar la buena noticia a los pobres, ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dejar en libertad a los oprimidos» (Lc 4,18). Estas acciones mesiánicas, típicas de los jubileos, constituyen el testimonio más elocuente de la misión que le confió el Padre. En su compasión, Cristo se acercaba a los enfermos del cuerpo y del espíritu y los curaba; perdonaba a los pecadores y les daba una vida nueva. Jesús era el Buen Pastor que cuidaba de las ovejas (cf. Jn 10,11-18; Ez 34,1-31); era el Buen Samaritano que se inclinaba sobre el hombre herido, vendaba sus heridas y se ocupaba de él (cf. Lc 10,30-37).”

“…Jesús selló su cuidado hacia nosotros ofreciéndose a sí mismo en la cruz y liberándonos de la esclavitud del pecado y de la muerte. (las negritas nos pertenecen). Así, con el don de su vida y su sacrificio, nos abrió el camino del amor y dice a cada uno: “Sígueme y haz lo mismo” (cf. Lc 10,37).”

El cuidado como práctica de los primeros cristianos

“Las obras de misericordia espirituales y corporales constituyen el núcleo del servicio de caridad de la Iglesia primitiva. Los cristianos de la primera generación compartían lo que tenían para que nadie entre ellos pasara necesidad (cf. Hch 4,34-35; las negritas nos pertenecen) y se esforzaban por hacer de la comunidad un hogar acogedor, abierto a todas las situaciones humanas, listo para hacerse cargo de los más frágiles. Así, se hizo costumbre realizar ofrendas voluntarias para dar de comer a los pobres, enterrar a los muertos y sustentar a los huérfanos, a los ancianos y a las víctimas de desastres, como los náufragos (el destacado es nuestro).

Los Padres de la Iglesia fueron los más importantes discípulos y maestros del cristianismo que lo enseñaron y difundieron a lo largo de los primeros siglos, época que se llamó la Patrística. Grandes teólogos, constructores y difusores de la doctrina fueron San Pablo, Justino de Flavia, Clemente de Alejandría, Orígenes, Gregorio de Nisa, Hipólito de Antioquia, Ireneo de Lyon, Mario Victorino, Boecio, Isidoro de Sevilla, San Agustín de Hipona, Juan Escoto Erígena, San Ambrosio, entre otros.

A partir de la lectura e interpretación de las Sagradas Escrituras estos maestros insistieron en que la propiedad es querida por Dios para el bien común (negritas, idem ant.). Ambrosio sostenía que «la naturaleza ha vertido todas las cosas para el bien común. [...] Por lo tanto, la naturaleza ha producido un derecho común para todos, pero la codicia lo ha convertido en un derecho para unos pocos» (De officiis, 1, 28, 132: PL 16, 67).”

Rotonda de la libertad y los tres caminos

Recordemos que Dios creó al hombre dotándolo de libre albedrío para que haga su camino conforme a su naturaleza, a partir del amor al otro y a sí mismo. Gran parte de la humanidad en ejercicio de la libertad siguió y sigue ese camino. Es el camino del encuentro y del cuidado que Francisco nos actualiza en celebración. Sin embargo, en otras partes del todo brotó la semilla del mal, consistente en la codicia y el deseo de poseer hasta lo que necesitaban sus hermanos. Semilla sembrada por el Demonio que había fracasado en su intento de sobornar a Jesús en el desierto (Lucas 4. 6 .y le dijo el diablo (a Jesús): «Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero.”) y Jesús lo rechazó. Este mal demoníaco de la ambición desmedida y de la codicia tomó forma de doctrina y nos condujo al capitalismo perdulario y salvaje. Por otro lado el resentimiento de los que fueron injustamente desposeídos derivo en las doctrinas del ateísmo y del marxismo en la que se desarrolló la utopía del conflicto entre los seres humanos, categoría que se denominó la lucha de clases como motor de la historia y la dictadura del proletariado.

Y prosigue el discurso del Santo Padre relacionando los principios de la doctrina social de la Iglesia como fundamento de la cultura del cuidado, el cuidado como promoción de la dignidad y de los derechos de la persona. el cuidado del bien común, el cuidado mediante la solidaridad, el cuidado y la protección de la creación.

Un rumbo común

En una época dominada por la cultura del descarte, frente al agravamiento de las desigualdades dentro de las naciones y entre ellas (Cf. Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), N. 125., quisiera por tanto invitar a los responsables de las organizaciones internacionales y de los gobiernos, del sector económico y del científico, de la comunicación social y de las instituciones educativas a tomar en mano la “brújula” de los principios anteriormente mencionados, para dar un rumbo común al proceso de globalización, «un rumbo realmente humano…”

“También cabe mencionar el respeto del derecho humanitario, especialmente en este tiempo en que los conflictos y las guerras se suceden sin interrupción…”

“Las causas del conflicto son muchas, pero el resultado es siempre el mismo: destrucción y crisis humanitaria. Debemos detenernos y preguntarnos: ¿qué ha llevado a la naturalización de los conflictos en el mundo? Y, sobre todo, ¿cómo podemos convertir nuestro corazón y cambiar nuestra mentalidad para buscar verdaderamente la paz en solidaridad y fraternidad?

Cuánto derroche de recursos hay para las armas, en particular para las nucleares (Cf. Mensaje a la Conferencia de la ONU para la negociación de un instrumento jurídicamente vinculante sobre la prohibición de las armas nucleares que conduzca a su total eliminación, 23 marzo 2017)., recursos que podrían utilizarse para prioridades más importantes a fin de garantizar la seguridad de las personas, como la promoción de la paz y del desarrollo humano integral, la lucha contra la pobreza y la satisfacción de las necesidades de salud.”

Para educar en la cultura del cuidado

La promoción de la cultura del cuidado requiere un proceso educativo y la brújula de los principios sociales se plantea con esta finalidad, como un instrumento fiable para diferentes contextos relacionados entre sí…” Y señala Francisco los ámbitos fundamentales de ese proceso y que son la familia, la escuela y la universidad y las religiones, los agentes de la comunicación social y las organizaciones internacionales que desempeñan una misión educativa y de investigación.

No hay paz sin la cultura del cuidado

“La cultura del cuidado, como compromiso común, solidario y participativo para proteger y promover la dignidad y el bien de todos, como una disposición al cuidado, a la atención, a la compasión, a la reconciliación y a la recuperación, al respeto y a la aceptación mutuos, es un camino privilegiado para construir la paz.”

“En este tiempo, en el que la barca de la humanidad, sacudida por la tempestad de la crisis, avanza con dificultad en busca de un horizonte más tranquilo y sereno, el timón de la dignidad de la persona humana y la “brújula” de los principios sociales fundamentales pueden permitirnos navegar con un rumbo seguro y común.” No sin antes -concluye el Pontífice -invocar la ayuda de la Nuestra Señora Madre de Dios.

Como transformar una política narcotizada por el becerro de oro a una democracia basada en el encuentro

Nuestro país goza de un horizonte interno altamente conflictivo y externo “tranquilo y sereno”. Cabe preguntarnos, ¿padecemos tal decadencia moral y/o incapacidad técnica para no poder conducir el barco? ¿Estamos listos para contratar nuevamente a corsarios y piratas para que se hagan cargo del timón? ¿Seguiremos transitando el camino del enriquecimiento ilícito y el gobierno de “amigos”?

Tomando las enseñanzas del Papa, oficialismo y oposición deberían decidirse a producir nuevas prácticas transformadoras de la política. Hacia una política del encuentro donde este implique el cuidado de sí y el cuidado del otro.

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