HOMILÍA EN EL III DOMINGO DE CUARESMA
Ex 20, 1-17; Sal
18; 1 Co 1, 22-25; Jn 2, 13-25
“Pero
él hablaba del templo de su cuerpo”
Queridos hermanos en
Cristo nuestro Salvador, el día de hoy, en el evangelio tenemos la purificación
de templo. Se llama así porque Jesús expulsó del templo a
los vendedores con todos sus animales para denunciar las injusticias y las
falsedades de un culto que no agradaba a Dios porque se había convertido en un
mercado o negocio lo cual impedía oír la voz de Dios, ese Dios que quiere que
estemos unidos y nos solidaricemos unos con otros y que la religión nos ayude a
vivir como hermanos de una manera justa, por eso, desde el Antiguo Testamento
nos dio los mandamientos en los cuales, después de mencionar los que se refieren
a Dios, tienen mucha importancia los que hacen referencia al prójimo, como
aparece en la primera lectura: “Honra a
tu padre y a tu madre… no matarás... no cometerás adulterio, no robarás, no
darás falso testimonio contra tu prójimo… no codiciarás la casa de tu prójimo,
ni a su mujer, ni su esclavo, ni su buey, ni su burro, ni cosa alguna que le
pertenezca”.
Cuando uno escucha o
lee este evangelio se imagina a Jesús sacando a los vendedores con todos sus
animales del interior del recinto sagrado, pero la verdad es que los animales
no estaban en el interior, sino en el puesto de venta para poder comprarlos
para luego ser ofrecidos en sacrificio. La venta de animales y el cambio de
monedas eran dos cosas de primera necesidad en el templo de Jerusalén porque la
gente que venía de lugares muy distantes y con monedas diferentes tenía que
cambiarlas para comprar los animales que iban a ofrecer en sacrificio en el
mismo templo, ¿por qué pues Jesús los expulsó de ahí?
Jesús denuncia que el templo, la casa de su Padre, que debe ser un
lugar de encuentro con Dios, se ha convertido en un mercado, es decir no está
sirviendo para el fin que fue creado, o sea para que los hombres se encuentren
con Dios. Por esto hace un signo profético para indicar que el templo de Jerusalén
ha llegado a su fin y que por lo tanto se necesita un nuevo templo, es decir un
nuevo modo de encontrarse con Dios. Por lo mismo, Jesús le dice más tarde a la
Samaritana, que pregunta dónde se debe de adorar a Dios: “Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en
Jerusalén adoraréis al Padre” (Jn 4, 21).
Ya decía Dios en el libro del profeta
Isaías: “Yo quiero misericordia y no
sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos” (Os, 6, 6). Dios no
puede estar de acuerdo con una religión donde lo que interesa es el negocio.
Dios quiere que vivamos como hermanos. En el mundo todo se compra y se vende,
pero cuando esta mentalidad llega al templo, nos engañamos a nosotros mismos
pensando que damos culto a Dios.
Nuestras parroquias y nuestros templos
deben ser espacios de encuentro con Dios y entre nosotros. El Documento de
Aparecida dice que: “Ellas son células vivas de la Iglesia… Están
llamadas a ser casas y escuelas de comunión… espacios de la iniciación
cristiana, de la educación y celebración de la fe, abiertas a la diversidad de
carismas, servicios y ministerios, organizadas de modo comunitario y
responsable, integradoras de movimientos de apostolado ya existentes, atentas a
la diversidad cultural de sus habitantes, abiertas a los proyectos pastorales y
supraparroquiales y a las realidades circundantes” (DA 170). Insiste también Aparecida en
que: “Una parroquia, comunidad de
discípulos misioneros, requiere organismos que superen cualquier clase de
burocracia… todos los organismos han de estar animados por una espiritualidad
de comunión misionera: Sin este camino espiritual de poco servirían los
instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma,
máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento” (DA
203).
Desafortunadamente en algunos casos se olvida
lo anterior, por eso es bueno recordar hoy lo que dijo el Papa Francisco en la
meditación del 21 de noviembre de 2014 en Santa Marta: “«Pienso en el escándalo
que podemos dar a la gente con nuestra actitud, con nuestras costumbres no
sacerdotales en el templo: el escándalo del comercio, el escándalo de las
mundanidades». En efecto «cuántas veces vemos que al entrar en una iglesia, aun
hoy, está la lista de los precios: bautismo, tanto; bendición, tanto;
intenciones de misa, tanto...». Y «el pueblo se escandaliza»… «Cuando los que
están en el templo —sean sacerdotes, laicos, secretarios que tienen que
gestionar en el templo la pastoral del templo— se convierten en especuladores,
el pueblo se escandaliza». Y «nosotros somos responsables de esto, también los
laicos: todos»”, porque si el sacerdote hace comercio, los laicos también
tienen su responsabilidad porque luego exigen porque piensan que pagan y no
sólo los servicios, sino la gracia de Dios, pero como decía el Papa: «la
redención es gratuita... Jesús, en efecto, «vino a traernos la gratuidad total
del amor de Dios».
La pregunta que le
hacen judíos a Jesús: “¿Qué señal nos das
de que tienes autoridad para actuar así?” significa ¿Quién eres tú? y Jesús
responde introduciendo un mal entendido que apunta a su respuesta: “¿Destruyan este templo y en tres días lo
reconstruiré?”. Los judíos, pensando en el templo de piedra, simplemente
confirman el malentendido y cuestionan la posibilidad reconstruirlo en tres
días. Sin embargo, eso prepara la explicación del evangelista que dice: “Pero él hablaba del templo de su cuerpo”,
es decir que Jesús por su muerte y resurrección es el nuevo templo, el nuevo
lugar de encuentro con Dios, por eso dice que: “Cuando resucitó Jesús de entre los muertos, se acordaron sus discípulos
de que había dicho aquello y creyeron en la Escritura y en las palabras que
Jesús había dicho”.
En efecto, en el libro del profeta Ezequiel, cuando el pueblo estaba en
el exilio, se dice que Dios era su templo (cfr. Ez 11, 16) y que pondría su
santuario en medio de ellos para siempre (cfr. Ez 37, 26). Pues bien ese
santuario que Dios había prometido era su propio Hijo. Por eso en Juan 1, 14 se
dice: “La Palabra se hizo carne y puso su
morada, entre nosotros”, es decir su templo. Esto lo confirma nuevamente
san Juan en el Apocalipsis cuando dice que en la Nueva Jerusalén no vio
santuario alguno, porque el Señor, el Dios todopoderoso y el Cordero es su
santuario, es decir su templo (cfr. Ap 21, 22).
Así pues hermanos, es fácil caer en la tentación de querer comprar el
amor de Dios, pero el amor de Dios es gratuito. Si queremos encontrarnos con
Dios, debemos dejar a un lado el interés del dinero y buscar a Cristo
resucitado, él es el verdadero templo, la morada de Dios entre nosotros. Así pues, si queremos encontrarnos
con Dios, el lugar es Cristo resucitado, él verdadero templo, pero ¿dónde lo
podemos encontrar? En el sagrario y cumpliendo los mandamientos que nos piden
el respeto a nuestros hermanos. ¡Que así sea!
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla




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